Hay dos prólogos, uno que hizo Casiodoro de Reina a su traducción de 1569 llamada La “Biblia del Oso”, y el otro de Cipriano de Valera en su revisión de 1602 llamada “La Biblia del Cántaro”.  En ambos prólogos el lector podrá encontrar conceptos definidos en materia de traducción bíblica y conceptos teológicos de los traductores. Detallamos algunos de estos contenidos relevantes:

  • Una denuncia en contra de la Iglesia Católica de prohibir la lectura de las Sagradas Escrituras.
  • Las maquinaciones de Satanás detrás de la Inquisición para evitar la traducción de la Biblia a las lenguas comunes.
  • Se descarta la versión griega LXX  como fuente textual del Antiguo Testamento para atenerse solo al texto hebreo.
  • Una defensa para la traducción literal de la Biblia evitando “parafraseados”.
  • Se explica la utilidad de la letras cursivas o itálicas como auxiliares de traducción (y reverencia por el texto bíblico).
  • El por qué se incluye el término JEHOVÁ.
  • La mención de la Políglota Cumplutense como fuente textual (y no solo Erasmo como a veces se cree).
  • Por qué los libros Apócrifos no se consideran parte del canon.
  • Una idea general de la preservación del texto griego y hebreo a través del tiempo.
  • El uso especial de algunas palabras en materia de traducción.

 

Dejamos al lector cristiano la tarea de descubrir por sí mismo el gran caudal teológico que surge de los prólogos de estos dos hombres de Dios.


INTRODUCCIÓN A LA BIBLIA DEL OSO

LA PROHIBICIÓN DE LA TRADUCCIÓN DE LAS SANTAS ESCRITURAS

Casidoro de Reina

Intolerable cosa es a Satanás, padre de mentira y autor de tinieblas, (Cristiano lector), que la verdad de Dios y su luz se manifieste en el mundo; porque por este solo camino es deshecho su engaño, se desvanecen sus tinieblas y se descubre toda la vanidad sobre que su reino es fundado, de donde luego está cierta su ruina. Y los míseros hombres que tiene ligados en muerte con prisiones de ignorancia, enseñados con la divina luz se le salen de su prisión a vida eterna y a libertad de hijos de Dios. De aquí viene, que aunque por la condición de su maldito ingenio aborrezca y persiga todo medio encaminado a la salud de los hombres, con singulares diligencias y fuerza ha siempre resistido y no cesa ni cesará de resistir (hasta que Dios lo detenga del todo), a los libros de la Santa Escritura; porque sabe muy bien por la larga experiencia de sus pérdidas, cuán poderoso instrumento es este, para deshacer las tinieblas en el mundo, y echarlo de su vieja posesión. Largo discurso sería menester hacer para recitar ahora las persecuciones que le ha levantado en otros tiempos, y los cargos infames que le ha hecho, por los cuales no pocas veces ha alcanzado a casi desarraigarlos del mundo. Y lo hubiera alcanzado sin duda, si la luz que en ellos está encerrada, no tuviese su origen y fuente más alta que este Sol, y que no consistiese en solos los libros, como todas las otras humanas disciplinas; de donde viene que pereciendo los libros en que están guardadas, o por la condición de los tiempos, o por otros mundanos casos, ellas también perezcan. Y si alguna restauración tienen después, es en cuanto se hallan algunas reliquias, con que ayudado el humano ingenio las resucita. Mas porque la fuente de esta divina luz es el mismo Dios, y su intento es de propagarla en este abismo de tinieblas, de aquí es, que aunque muchas veces por cierto consejo suyo permita a Satanás potestad sobre los sagrados libros, y aunque él los queme a todos, y aun también mate a todos los que ya participaron de aquella celestial sabiduría, quedándonos la fuente sana y salva, (como no puede tocar en ella), la misma luz vuelve al fin a ser restaurada con gran victoria, y él queda frustrado y avergonzado de sus diligencias. Por ser pues este su pertinaz ingenio contra la divina Palabra, estamos ciertos que no lo dejará de seguir en esta obra presente, y que cuanto ella es más necesaria a la Iglesia del Señor, tanto más el se desvelará en despertar contra ella toda suerte de enemigos, extraños y domésticos: los de lejos y los de cerca. Los de lejos, días ha que se han despertado para impedir toda versión vulgar de la Santa Escritura, a título de que los sagrados misterios no han de ser comunicados al vulgo, y que es ocasión de errores en él, etc. De cerca no le faltarán otros supuestos, que con títulos algo más sutiles y aparentes se levanten contra ella, aunque por ventura a los unos y a los otros no falte buena intención, y celo, como muchas veces acontece, que buenas intenciones por falta de mejor enseñanza pensando servir a Dios sirven al demonio y a sus intentos. Cuanto a los primeros, no nos determinamos por ahora a tratar la cuestión, si es conveniente o no, que la ley de Dios, y todo el cuerpo de Su Palabra, ande de manera que pueda ser entendida por todos, remitiéndonos a otros muchos que antes de nosotros la han tratado copiosa y acertadamente. Bastará, por ahora, amonestarles con toda caridad y humildad, que si son Cristianos, y tienen verdadero celo de la gloria de Dios y de la salud de los hombres, como quieren que se entienda de 3 ellos, miren lo primero, que de lo uno y de lo otro la Palabra de Dios contenida en los sacros libros es el verdadero y legítimo instrumento, y que por tal, Dios lo ha comunicado al mundo, para ser por él, conocido y honrado por todos, y que por esta vía tengan salud; y esto sin exceptuar de esta universalidad, ni doctos ni indoctos, ni esta lengua ni la otra. De donde es necesario que concluyan, que prohibir la divina Escritura en lengua vulgar, no se puede hacer sin singular injuria a Dios, e igual daño de la salud de los hombres, lo cual es pura obra de Satanás, y de los que tiene a su mando. Miren lo segundo, que hacen gran vergüenza a la misma Palabra de Dios en decir, que los misterios que contiene no se hayan de comunicar al vulgo. Porque la supersticiones e idolatrías todas, con que el diablo ha enredado al mundo, y desviado del conocimiento y culto de su verdadero Dios, trajeron siempre este pretexto de falta de reverencia. Y tenía razón el inventor de ellas en esto: porque si quería que sus abominaciones permaneciesen algo en el mundo, era necesario que el vulgo no las entendiese, sino solo aquellos a quien eran provechosas para sustentar sus vientres y su gloria. Los misterios de la verdadera Religión son al contrario: quieren ser vistos y entendidos de todos, porque son luz y verdad; y porque siendo ordenados para la salud de todos, el primer grado para alcanzarla, necesariamente es conocerlos. Consideren lo tercero, que no le hacen menor afrenta en decir que sea ocasión de errores, porque la Luz y la Verdad, (si confiesan que la Palabra de Dios lo es), a nadie puede engañar ni entenebrecer. Y si algunas veces lo hace, (como no negamos que lo haga, y muchas), de alguna otra parte debe de venir la distorsión de su ingenio y naturaleza, que es quitar las tinieblas, descubrir el error, y deshacer el engaño. El profeta Isaías claramente dice, que su Profecía no es para dar luz a todos, sino para cegar los ojos del pueblo, agravar sus oídos, y embotar su corazón, para que no vean ni oigan la Palabra de Dios, y se conviertan y reciban sanidad, (Is.6.9). Quien por evitar estos males mandara entonces al Profeta que callase, y le cerrara la boca, véase si hiciera cosa conforme a la voluntad de Dios, y al bien de su Iglesia, mayormente diciendo él mismo otras muchas veces, que su profecía es luz para los ciegos, consuelo para los afligidos, esfuerzo a los cansados, etc., (Is.40.1 y 61.1 ¿ Y qué hablamos de Isaías? El mismo Señor dice que Vino al mundo para juicio, para que los que no ven, vean, y los que ven sean ciegos, (Jn.9.39). Le mandarán luego, los padres de la fe entonces que callase, por evitar el daño de los que de su predicación habían de salir más ciegos. De Él dice Simeón, que viene para levantamiento, y también para ruina de muchos, (Lc.2.34). Lo mismo había dicho de Él, el Profeta Isaías. Por lazo, (dice), y por ruina a las dos casas de Israel, de ellos tropezarán muchos, etc., (Is.8.14). Lo mismo dice el Apóstol de la predicación del Evangelio, que a unos es olor vital, a otros olor mortal, (1Co.2.16). Sería, luego, buena prudencia quitarlo del mundo, quitando a los buenos el único medio por donde se han de salvar, por quitar la ocasión de hacerle peores a los que se pierden, y de suyo están ya señalados para perdición. Miren lo cuarto: que el estudio de la divina Palabra es cosa encomendada y mandada de Dios a todos por tantos y tan claros testimonios del Viejo y Nuevo Testamento, que sin muy largo discurso no se podrían aquí recitar; de donde queda claro, que no puede ser sin impiedad inexcusable, que el mandamiento de Dios, tantas veces repetido, y tan necesario a los hombres, sea dejado y anulado por una tan débil razón. Y que al fin, ningún pretexto, por santo que parezca, puede excusar, que si Dios la dio para todos, no sea una tiranía execrable, que a los más la quiten; y falta de juicio es, (si pretenden de 4 buena intención), que la habilidad para poder gozar de ella, sea saber Latín solamente, como si solos lo que lo saben, por el mismo caso sean ya los más prudentes y píos; y los que no lo saben, los más expuestos a los peligros, que dicen, que temen. Si es la verdadera sabiduría, ¿Quién la ha de necesitar más que los más ignorantes? Si es Palabra de Dios, insigne injuria se hace a Dios, a ella, y a los buenos, que por el abuso de los malos se le quite su libertad de correr por las manos de los que podrían usar bien de ella, y sacar los frutos para los cuales Dios la dio. Perverso juicio es que por evitar el inconveniente de los errores, que dicen, en algunos, priven a todos del medio con que podrían salir de la ignorancia, errores, herejías, idolatrías, pecado y toda corrupción, e iniquidad en que nacimos, y fuimos criados, y de que nuestra corrupta naturaleza se abreva, como dice Job, “como los peces del agua”, (Job.15.16).Si es Luz, a la luz resiste todo hombre que le impide de salir en público para lumbre y alegría de todos; y tinieblas se debe llamar, y mentira, porque a la luz y a la verdad, no resiste ni pone impedimento sino la tiniebla y mentira. Si es candela, a cuya lumbre el hombre ciego y habitante en esta caverna tenebrosa, encamine seguramente sus pasos, visto es pretender de tener los hombres en su ceguera, el que no quiere que les sea comunicada con aquella abundancia con que ella se da. Si es escudo a todos los que en ella ponen su esperanza, y cuchillo con que el Apóstol arma al Cristiano para defenderse y ofender a sus enemigos, en toda suerte de tentación, desarmado y por consiguiente vencido y muerto de mano del diablo lo quiere, quien se la quita que no la tenga tan copiosa y tan a la mano, cuanto son muchas y continuas sus tentaciones. Si es útil para enseñar en la ignorancia, para redargüir en el error, para reprender en el pecado, para enseñar a la justicia, para perfeccionar al Cristiano, y hacerlo hábil y pronto a toda buena obra, fuera de toda enseñanza, y de toda buena y Cristiana disciplina lo quiere; el error, el pecado, y la confusión en lo sacro y en lo profano ama y desea, el que en todo o en parte sepulta las divinas Escrituras. Y sepultándolas en parte da a entender bien claro que lo haría del todo, si pudiese o esperase salir con ello. Estas razones son claras, y que se dejan entender por todos, no obstante todos los hermosos pretextos que se podrán traer en contrario, que no son muchos. Y el más dorado es el que hemos dicho, tan frío que ni aun con humana razón es digno de que se contienda mucho contra él. Porque está claro que no habrá ningún hombre de sano juicio, que diga de veras, que un gran bien, y mayormente tan necesario a todos, dado de Dios, para común uso de todos, se debe de prohibir en todo ni en parte por el abuso que los malos ingenios pueden tener de él. Por monstruo de desvarío, enemigo del linaje humano, sería tenido justamente el rey o príncipe, que porque hay muchos que usan mal del pan, del agua y del vino, del fuego, de la luz, y de las otras cosas necesarias a la vida humana, o las prohibiese del todo, o hiciese tal restricción de ellas que no se diesen sino muy caras y con gran escasez. La Palabra de Dios tiene todos estos títulos, porque bien tiene los mismos efectos para el alma. Miren pues los príncipes del mundo, en qué opinión quieren ser tenidos, haciéndola pasar por tan inicua condición. Finalmente, como quiera que sea, es necesario que se resuelvan, que ni las disputas inoportunas, ni las defensas violentas, ni los pretextos cautelosos, ni el fuego, ni las armas, ni todo el poder junto del mundo, podrá ya resistir, que la Palabra de Dios no corra por toda la tierra tan libremente como el Sol por el cielo, como ya lo vamos todos probando por experiencia. Y sería prudencia no poca, aprender de lo experimentado para lo porvenir, y tomar otros consejos. Ni nos dejemos engañar más, con los pretextos dichos, porque no se encubre mucho, lo que el diablo pretende con ellos, aunque los que los han puesto tengan cuanta buena 5 intención quisieren. Por lo menos esto es necesario que esté fuera de disputa: que habiendo dado Dios su Palabra a los hombres, y queriendo que sea entendida y puesta en efecto por todos, ningún bien puede pretender el que la prohibiere en cualquier lengua que sea.

EL CONCILIO DE TRENTO

Tenemos ya bien materia de qué hacer, gracias a Dios en esta parte, que ha dado luz a los padres del concilio Tridentino, ( El decreto del concilio Tridentino acerca de la permisión de la Biblia en lengua vulgar), para que advirtiendo mejor a esta causa, hayan puesto algún remedio en esto con su Decreto, el cual pusimos luego en el principio de este libro, a la vuelta de la primera hoja, para que aquellos, a cuyas manos viniere, quiten del todo el escrúpulo de leerlo, que a la verdad, con el indulto, y aun mandamiento que tiene de Dios a ser estudiosos de su Palabra, podría haber quitado. Por no haberse expresado en dicho Decreto ninguna nación, entendemos que la Española será también comprendida, porque no es de creer que la querrá hacer más apocada y vil que a todas las otras a quien se concede un bien tan grande; y así recibirá en servicio este nuestro trabajo de darle a tiempo la divina Escritura en su lengua vulgar, para que, desde luego, pueda gozar de la facultad que por dicho Decreto le es concedida. Cuanto a lo que toca al autor de la Traducción, si Católico es, el que fiel y sencillamente cree y profesa lo que la santa Madre Iglesia Cristiana Católica cree, tiene y mantiene, determinado por el Espíritu Santo, por los Cánones de la divina Escritura, en los Santos Concilios, y en los Símbolos, y sumas comunes de la Fe, que llaman comúnmente el de los Apóstoles, el del Concilio Niceno, y el de Atanasio, Católico es, e injuria manifiesta le hará quien no lo tuviere por tal; y como tal ningún bueno, pío, santo, y sano juicio recusa, no solo de la Iglesia Cristiana, a la cual reconoce todo respecto de verdadero y vivo miembro, más aun de cualquier particular que con caridad lo corrigiere, si en una obra tan larga y tan trabajosa se hallare haber errado como hombre.

FUENTES TEXTUALES DEL ANTIGUO TESTAMENTO

Resta que en lo que a la versión toca demos razón de algunas cosas, así para que a la Iglesia del Señor conste de nuestra razón en todo lo que conviene, como para que el pío lector, entendido nuestro intento, se pueda aprovechar mejor de nuestras diligencias. Primeramente declaramos no haber seguido en esta traducción en todo y por todo la vieja Traducción Latina, (La versión común latina), que está en el común uso; porque aunque su autoridad por la antigüedad sea grande, ni lo uno ni lo otro le excusan los muchos errores que tiene, apartándose del todo innumerables veces de la verdad del Texto Hebreo. Otras, añadiendo; otras, transponiendo de unos lugares a otros, todo lo cual aunque se puede bien porfiar, no se puede negar. Así que pretendiendo dar la pura palabra de Dios en cuanto se puede hacer, fue necesario que esta no fuese nuestra común regla, (aunque la consultamos como a cualquiera de los otros ejemplares que tuvimos); antes, que conforme al prescripto de los antiguo concilios, y doctores 6 santos de la Iglesia, nos acercamos de la fuente del Texto Hebreo cuanto nos fuese posible, (pues sin controversia ninguna, de él es la primera autoridad) lo cual hicimos siguiendo comúnmente la traducción de Santes Pagnino, que al voto de todo los doctos en la lengua Hebraica es tenida por la más pura que hay hasta ahora. En los lugares que tienen alguna dificultad por pequeña que sea, ni a esta ni a ninguna otra hemos dado tanta autoridad, que por su solo afirmar la siguiésemos, sino que hemos hecho recurso del mismo Texto Hebreo, y conferidos entre sí lo diversos pareceres, de necesidad habíamos de seguir uno solo. Y para satisfacer, en este caso, a todos los gustos, en los lugares de más importancia añadimos en el margen, las interpretaciones diversas que no pudimos poner en el texto, para que el lector tome la que mejor le pareciere, si la que nosotros hubiésemos seguido no le contentare. De la vieja Traducción Española del Antiguo Testamento, impresa en Ferrara, nos hemos ayudado en semejantes necesidades más que de ninguna otra que hasta ahora hayamos visto, no tanto por haber esta siempre acertado, más que las otras en casos semejantes, cuanto por darnos la natural y primera significación de los vocablos Hebreos, y las diferencias en los tiempos de los verbos, como están en el mismo texto, en lo cual es obra digna de mayor estima, (a juicio de todos los que la entienden), que cuantas hay hasta ahora; y por esta tan singular ayuda, de la cual las otras traducciones no han gozado, esperamos que la nuestra, por lo menos, no será inferior a ninguna de ellas. Fuera de esto tiene también grandes errores, algunos afectados en odio de Cristo, como en el cap. 9 de Isaías, vers. 4, donde se tradujo así: “Y llamó su nombre el Maravilloso, el Consejero, el Dios Fuerte, el Padre Eterno, SarSalom”, añadiendo de suyo con malicia rabínica este artículo, (el), en todos estos nombres, y no en el último, Sar-Salom, siendo otramente asaz diligentes los autores de ella, en no dejar los tales artículos, cuando el texto los pone, y en no poner lo que no hallan en él. Pero en este lugar, este sacrilegio al parecer tan pequeño, no le es de poca importancia para defenderse en su pertinacia, porque se ve claro, que todos aquellos nombres son títulos clarísimos del Mesías, algunos de los cuales testifican abiertamente su naturaleza divina, y poniendo el artículo (el) en cada uno de los precedentes y callándolo en el postrero, da a entender que todos los precedentes son nombres de Dios, y el último solo del Mesías, como si dijese, El Maravilloso, el Consejero, el Dios Fuerte, el Padre Eterno llamó su nombre: Sar-Salom. Esta maldita malicia no tiene lugar, si se traduce fielmente como está en el texto, sin poner el artículo (el) sobre ningún nombre, como nosotros hemos traducido; porque entonces aunque pese a quien le puede pesar de la gloria del Mesías, el nombre Sar-Salom va con todos los precedentes, de esta manera: “Y llamó (S. Dios, o será llamado, activa por pasado, como es frecuentísimo uso de la Escritura), su nombre (S. del Mesías) Maravilloso, Consejero, Dios fuerte, (o Valiente o Valeroso), Padre Eterno, Príncipe de paz”. Otros errores tiene que no pudieron evitar, parte por su principal intento, que parece haber sido guardar y retener en todo la propiedad de las palabras Hebraicas ,sin admitir ninguna metáfora o traducción de infinitas palabras de una significación, no solamente a otra, mas aun a otras muchas de que se ayuda la lengua Hebraica, a causa de la falta de propias palabras que tiene, tomando solamente lo natural, y muchas veces con manifiesta violencia del sentido; parte también porque cuando cayeron o en alguna palabra ambigua de suyo, (como hay muchas por razón de diversos orígenes que pueden tener), o en algún lugar difícil, y se quisieron liberar algo de aquella, su superstición dicha, se asieron de Parafraseadores, a quien ellos dan tanto crédito como al mismo texto de la Escritura, o al menos los 7 tienen en el primer grado después de ella, con los cuales no pudieron dejar de errar las más de las veces. Por ambas causas, además de los errores dichos, no pudieron asimismo hacer menos que dejar muchas cosas ininteligibles; otras donde ni aun ellos mismos se entendieron a sí mismos, como parece en sus frecuentes asteriscos, de los cuales usan para dar a entender que no entendieron los lugares donde los ponen, aun en lugares donde no hay ninguna dificultad, si el Hebraísmo es entendido por donde se ve claro, que la lengua Hebrea, en que la Sagrada Escritura está, no es ni ha sido desde hace mucho tiempo, menos peregrina a los mismos Hebreos, que a los extraños. Esto nos pareció decir de la traducción de Ferrara en este lugar, no privándola de la alabanza que justamente merece, ni encubriendo con envidia la ayuda que en la nuestra hemos tenido de ella; Pero avisando también de las faltas en que con nuestra escasez de fuerzas, la hemos tomado, para que los más doctos le miren mejor a las manos, y todos los fieles sepan el grado en que la han de tener, y cuánto crédito le han de dar, si se quisieren aprovechar de ella. Resta que pasemos adelante a nuestro intento.

SOBRE EL USO DE BASTARDILLAS Y VÍRGULAS

Con toda la diligencia que nos ha sido posible, hemos procurado atarnos al texto, sin quitarle ni añadirle. Quitarle nunca ha sido necesario; y así creemos que en nuestra versión no falta nada de lo que está en el texto, sino fuere por casualidad alguna vez algún artículo, o alguna repetición de verbo, que sin menoscabo de la integridad del sentido se podría dejar, y de otra manera, ponerse haría que se lea en forma notablemente absurda en la lengua Española, pero esto será tan raro, que no se me ocurre ejemplo. Añadir ha sido necesario muchas veces: unas, por dar mayor claridad a la sentencia, que de otra manera quedaría poco castellana o del todo ininteligible, lo cual con todo eso pretendemos haber hecho con tanta mesura, que en ninguna de las versiones que hemos visto, (excepto la Española de Ferrara), haya menos añadiduras de estas, ni más cortas las que hay, que en la nuestra, ni más diligencia en haberlas señalado a todas en otra letra, (bastardilla), que la del texto común, para que el lector las conozca a todas, y tenga libertad para aprovecharse de ellas, si le parecieren ser al propósito, o dejarlas del todo, (como a diligencia humana que puede errar o acertar) y seguir el hilo de su texto, si no le cuadrare, porque en ellas, ningún juicio queremos ni debemos perjudicar. Otra fuente de adiciones se hallaran, mayormente en Job, en algunos Salmos, o en los libros de Salomón, y comúnmente en todos los libros de los cuales no hay texto Hebreo, y asimismo en el nuevo Testamento, que son, no de una palabra sola, sino de muchas, y hartas veces de sentencias enteras. De esta será otro juicio que de las precedentes, porque son texto, y las pusimos a causa de la diversidad de os textos, y de otras versiones, por no defraudar de ellas a nadie, pero entre estas vírgulas: [ ], para que se conozca; aunque en el libro de Job, (si algunas hay), y en los Salmos, y libros de Salomón, las pusimos de otra letra que la común. En el Eclesiástico y Sabiduría, y en las historias de Tobías y Judit, procuramos retener lo que la Vieja traducción Latina pone de más en muchas partes, y hacer contexto de ello con lo que estaba en las versiones Griegas, en lo cual no pusimos poco trabajo y diligencia. Porque aunque hallamos que esto mismo habían intentado otros antes de nosotros, no los hallamos tan diligentes que nos excusasen todo el trabajo que esta diligencia requería. 8 En el Nuevo Testamento nos pareció ser esta diligencia más necesaria, por cuanto hay esta diferencia en los mismos textos Griegos en algunas partes, y todos parece que son de igual autoridad. Algunas veces hallamos que la Vieja versión Latina añade sin ninguna autoridad del texto Griego, y ni aun esto quisimos dejar, por parecernos que no es fuera del propósito, y que fue posible haber tenido también texto Griego de no menos autoridad que los que ahora se hallan. No nos hubiera ayudado poco en lo que toca al Nuevo Testamento, si hubiera salido antes la versión Siríaca del, que con gran bien y riqueza de la República Cristiana ha salido a luz este mismo año, pero ha sido al tiempo que ya la nuestra estaba impresa, y así no nos hemos podido ayudar de ella, que no hay que dudar sino que (no obstante que no sea suya la suprema autoridad sobre las ediciones Griegas), todavía daría gran luz en muchos lugares difíciles, como hemos visto que lo hace en los que la hemos consultado. Esto cuanto a la versión en general. EL NOMBRE DE DIOS Resta que en especial demos razón de algunos vocablos antes inusitados, que en ella hemos retenido, y asimismo de nuestras anotaciones y argumentos de capítulos. Cuanto a lo primero, hemos retenido el nombre (Iehová), no sin gravísimas causas. Primeramente porque donde quiera que se hallará en nuestra versión, está en el texto Hebreo, y nos pareció que no lo podíamos dejar, ni cambiar por otro sin infidelidad y sacrilegio singular contra la ley de Dios, en la cual se manda “Que no se le quite , ni se le añada”, (Dt.4.4 y Pr.30.5). Porque si en las adiciones arriba mencionadas, no nos movió este escrúpulo, hay razón diferente; porque nuestras adiciones no se pueden denominar “adiciones al texto”, sino declaraciones libres, que en tanto tendrán algún valor, en cuanto son conformes al texto. Añadir a la Ley de Dios y a su Palabra, se entiende, cuando a los mandamientos, o constituciones de Dios, los hombres temerarios añaden sus tradiciones, conque, o deshacen el mandamiento de Dios, o le añaden mayor dureza por superstición. Ejemplo de lo primero puede ser lo que el Señor dice en Mt.15.4, “porque, (dice), Dios dijo, Honra a tu padre y a tu madre, etc. …y vosotros decís a vuestros padres, Cualquier don que yo ofreciere al Corbán aprovechará a ti, etc. Ejemplo de lo segundo será, señalar Dios en la Ley ciertas purificaciones, y obligar los hombres de su pueblo a ellas, por entonces, e inventar ellos, con este color no entrar en casa, ni comer sin lavarse las manos, etc.,, como S. Marcos dice. Así que en lo que hasta ahora se ha usado acerca de este nombre, es expresamente quitar y añadir, ambas cosas en el hecho de quitar el nombre (Iehová), y poner (Señor, o Dios) en su lugar, que aunque en la sustancia de la cosa que significan no haya variación, la hay en las circunstancias, en la manera y razón de significar, lo que no importa poco. Asimismo nos pareció, que esta mutación no se puede hacer sin contravenir el consejo de Dios, y en cierta manera, quererlo enmendar, como si El hubiese hecho mal todas las veces que su Espíritu en la Escritura declaró este nombre, y hubiera de ser este otro. Y pues es cierto, que no sin particular y gravísimo consejo, Dios lo manifestó al mundo, y quiso que sus siervos lo conociesen e invocasen por él; temeraria cosa es dejarlo; y superstición temeraria dejarlo, con pretexto de reverencia. Y para que mejor se vea esto así, no será fuera de propósito mostrar, de donde ha venido esta superstición acerca de este santo nombre. Está contado en el Levítico, que estando el pueblo de Israel en el desierto, recién sacado de Egipto, un mestizo, hijo de un Egipcio y de una Israelita, riñendo 9 con otro del pueblo, pronunció, (o declaró, como dicen otros), el santo nombre: “y dijo mal a Dios”, quiere decir, “blasfemó de Dios por este sacro nombre”, de la manera que también ahora los impíos, Cristianos, reniegan de él, y lo botan y pisotean en sus cuestiones, por mostrarse valientes. Por ser esta palabra blasfema tan nueva en el pueblo de Dios, el blasfemo fue puesto en prisión, y desde a poco apedreado de todo el pueblo: Y a esta ocasión, fue puesta Ley entonces por mandato de Dios, que el que en el pueblo de Israel dijese mal a Dios, fuese castigado; y el que PRONUNCIASE (o declarase) el santo nombre, muriese por ello. Quiere decir: blasfemase con el santo nombre, como blasfemó aquel por cuya ocasión se puso la Ley. Los rabinos modernos, de la palabra “pronunciar”, (no entendiendo el intento de la Ley), sacaron esta superstición en el pueblo, ser ilícito pronunciar, o declarar, el santo nombre, no mirando que, además de que el intento de la Ley era claro, por la ocasión del blasfemo, después de aquella Ley, lo pronunciaron Moisés, Aarón, Josué, Caleb, Débora, Gedeón, Samuel, David, y todos los profetas y píos Reyes; y finalmente fue dulcísimo en la boca de todo el pueblo, que lo cantó en Salmos y alabanzas, como aparece por todo el discurso de la Santa historia. Así que de la superstición de los modernos Rabinos, salió esta ley encaminada del diablo para con pretexto de reverencia, sepultar, y poner en olvido del pueblo de Dios, su santo nombre, con el cual solo El quiso ser diferenciado de todos los otros dioses. Ni esta es arte nueva suya. Decimos Rabinos modernos, no porque sean los de nuestro tiempo, sino los que vinieron después de los profetas, ignorantes de la Ley divina, y establecedores de nuevas tradiciones, por haber ignorado las virtudes de las que Dios les dio, y aun no poco, ya ignorantes de la pura y antigua lengua Hebrea, por el frecuente comercio de las otras naciones, aunque fueron antes del advenimiento glorioso del Señor, de los cuales parece bien, haber sido los Setenta intérpretes, que tradujeron primero en Griego la Escritura al Rey Ptolomeo de Egipto, los cuales parecen haber dado fuerza a esta ley supersticiosa, con haber ellos falseado primero que nadie el sacro texto, traduciendo siempre “Señor”, en lugar de “Jehová”, y suprimiendo del todo el santo nombre con pretexto, a la verdad, supersticioso, y envidioso del bien de las gentes, de que no eran dignas de que se les comunicasen los misterios divinos. Véase ahora, si está bien que esta superstición continúe, o que cese, habiendo Dios dado mejor entendimiento; y que el pueblo Cristiano lo conozca y adore en Cristo por el mismo nombre, conque el se dio a conocer a los padres, y ellos le conocieron e invocaron, y por el cual, El prometió por sus profetas, que se daría a conocer a las gentes, para que le invocasen por él. Este dirá (dice Isaías) yo soy de Jehová; el otro se llamará del nombre de Jacob; el otro escribirá con su mano, A Jehová, etc. Alguno nos podría alegar aquí, que ni Cristo ni los Apóstoles en sus escritos enmendaron este error, etc. A esto respondemos, que ellos nunca se encargaron de hacer versiones, ni de corregir las hechas, sino que atentos a mayor y más principal asunto, que era la anunciación del advenimiento del Mesías, y de su Reino glorioso, se servían de la versión común, que entonces estaba en uso, que parece haber sido la de los Setenta, porque en ella tenían de sobra para su principal intento. Otra obligación tiene, quien hace profesión de traducir la divina Escritura, y darla en su integridad. Ni tampoco acá estamos determinados de tomar cuestión con nadie sobre este asunto; ni constreñir a ninguno a que pronuncie este nombre, si la superstición judaica le pareciere mejor que la pía libertad de los Profetas y píos del Antiguo Testamento: puede pasarlo cuando leyere, o en lugar de él, pronunciar “Señor”, como hacen los Judíos, con que nos confiese, que en traducirlo, no hemos salido de nuestro deber. Y al fin no se peca en escribirle e imprimirle en letras Hebreas, tampoco debe de ser pecado escribirle en otras lenguas y letras. La significación del nombre es muy conveniente a lo que significa: 10 porque es tomado de la primera propiedad de Dios, que es el del ser, lo cual es propio suyo, y todo lo demás que existe en el mundo, lo tiene mendigado de Él. Por esta causa, aunque todos los otros nombre de Dios, son comunicados a algunas criaturas por alguna dispensación especial, este otro es incomunicable a otro que a Él; porque ser fuente del ser, y el que por sí es, sin dependencia de otro, a Él solo conviene; de donde se infiere evidentemente que si en la Escritura se halla comunicado al Mesías y al Espíritu Santo (como se halla muchas veces) es argumento invencible de que son de una misma esencia divina con el Padre, no obstante que el Mesías tenga también la misma naturaleza humana que nosotros. Y pues que el mismo Dios declaró a Moisés este su nombre de la manera dicha, no hay para que nadie comente más sobre ella.

LOS TÉRMINOS CONCIERTO, TESTAMENTO Y PACTO

El nombre “Concierto”, (en adelante se expresará como “Pacto”), que la Vieja traducción latina comúnmente llama Testamento (siguiendo la versión de los 70), nos puso en alguna dificultad. Porque es nombre teológico, y de los más principales en toda la Escritura; y así requería ser muy entendido, y muy en uso entre los Cristianos, no menos de lo que lo fue en el Pueblo viejo. El nombre Hebreo (Berith) significa lo mismo que el latino “Foedus”, que quiere decir, no simplemente Pacto, sino Pacto hecho con solemne rito de muerte de algún animal, como se tuvo diverso entre diversas naciones. Y Dios lo imitó con Abraham, (Gen.15.9), estableciendo con él su Pacto, el cual en el Antiguo Testamento fue confirmado con la muerte de los animales de los sacrificios, cuyas muertes eran un rito solemne conque aquel Pacto se renovaba y refrescaba, entre Dios y su pueblo. Venido el Nuevo Pacto, se ratificó, no como un rito, sino como muerte real del Mesías, y con su sangre, la cual derramada una vez, tuviese por sí virtud expiatoria eternamente de nuestros pecados, y junto con esto fuese eternamente establecedora de parte de Dios, del Nuevo Pacto hecho a su pueblo. Lo uno y lo otro dijo de ella el Señor, cuando tomando el vaso en su última cena, dijo, “Este es el Vaso del Nuevo Testamento en mi sangre, la que será derramada por muchos para perdón de los pecados”. Siendo pues tanta la cualidad de este asunto, nos hemos hallado dificultados para darle nombre que lo significase en toda su dimensión; lo cual al fin no pudiendo hacer, por la carencia de la Lengua Española, tomamos comúnmente el nombre “Concierto”, aunque es más general que el que necesitábamos, usando algunas veces del latino (Pacto), y del poco usado en español (alianza) para comenzar a introducirlos, y hacerlos más familiares a nuestros Españoles. Porque a la verdad estos se llegan más a la entera significación que el vocablo Concierto. Pero entretanto que no son más usados, menos inconveniente nos pareció tomar un vocablo entendido, aunque no lo signifique todo, que otro que lo signifique todo, y por no ser entendido del común, pueda venir en abuso, como los vocablos Torá, (en el original está sin acento), y Pacto, usados por los Judíos Españoles, el primero por la Ley, y el segundo por el Concierto de Dios, por los cuales nuestros Españoles les levantaban que tenían una “tora” o becerra pintada en su sinagoga, a la que adoraban; y del Pacto sacaron refrán contra ellos: “Aquí pagaréis el pato”. De esta manera ha sido causa la ignorancia del verdadero Cristianismo, que se burlasen los Cristianos de los Judíos de aquello en que los habían antes de imitar, o por mejor decir, habían de recibir de ellos. Así que porque no se venga tan 11 rápido a la profanación del Concierto de Dios por la ignorancia del nombre, acordamos en usar el más claro, hasta que los más apropiados estén en uso.

LOS VOCABLOS REPTIL, ESCULTIL Y ESCULTURA

Los vocablos reptil, escultil y escultura, de los que algunas veces hemos usado, nos parece que tienen también alguna necesidad de disculpa, por ser extraños de la lengua Española. Reptil, es animal que anda arrastrando el pecho y vientre, como culebra, lagarto. Propiamente podríamos decir serpiente, si este vocablo no estuviese en significación muy diferente del intento. La de Ferrara fingió, como suele, otro vocablo no menos extraño: “Removilla”. Los otros dos, Escultil y Escultura, quieren decir imágenes esculpidas a cincel o a buril. La Escritura, para afear más la idolatría, llama a los ídolos las menos veces con sus nombres propios que tenían entre los que los honraban. Más comúnmente los llama por el nombre de la materia de que se hacen: palo, piedra, oro, plata, etc. Otras veces de la forma: “obra de manos de hombres”. Lo más ordinario de todo es llamarlo del modo con que se hacen: fundiciones, o vaciadizos, o cosas hechas a buril o cincel , que es lo que nosotros retuvimos del Latín (por no hallar un vocablo Español puro), Escultura. La de Ferrara, “Doladizo”, que es como si dijera “Acepilladizo”, lo cual es menos de lo que pretende significar. Esto cuanto a los vocablo nuevos que hemos usado en nuestra versión, acerca de los cuales rogamos a la Iglesia del Señor, y singularmente a cada pío lector, que si nuestra razón no le es bastante, nos excuse y soporte con su amor. LAS ANOTACIONES Cuanto a nuestras anotaciones, la oscuridad de la Escritura, donde la hay, viene comúnmente de donde suele venir a todas las otras escrituras: o de las cosas que se tratan, o de las palabras y formas de decir con que se tratan, o de ambas partes juntamente. Así parece que son necesarias dos fuentes de anotaciones para remedio de la oscuridad: unas que sirvan a la declaración de las palabras, figuras o formas de hablar, y otras para la declaración de las cosas, sin la inteligencia de las cuales es imposible que ninguna claridad de palabras pueda de veras servir. De aquí es la mayor dificultad que tiene la divina Escritura, y esta es tanta, que aun estando en palabras comunísimas, ayudada de semejanzas , y parábolas de las cosas más vulgares que están en uso en el mundo, si dificultad, digo, es tanta, y la ignorancia que se tiene de ella, cuanta vemos. Viene esto principalmente de que las cosas que se tratan en ella, por la mayor parte son celestiales, espirituales, de naturaleza más sublime de lo que el hombre carnal y su razón puede alcanzar, como el Apóstol lo enseña, diciendo, que ellas son espirituales y él es animal, y de ahí viene que no las perciba, antes las juzgue por locura, etc. Para remedio de la dificultad que consiste en las palabras solas, procuramos en nuestra versión, toda la claridad que nos fue posible, pero de tal manera que el texto quedase siempre en su integridad, reteniendo todas las formas de hablar Hebraicas que, o concuerdan con las Españolas, como son la mayor parte, o a lo menos que pueden ser fácilmente entendidas, aunque en ello pecásemos algo contra 12 la pulidez de la lengua Española, teniendo por menor mal pecar contra ella, aunque fuese en mucho, que en muy poco contra la integridad del Texto. Donde hallamos el Hebraísmo tan duro, que vuelto palabra por palabra en Español, quedaría incomprensible del todo, pusimos en el texto el sentido de él, y porque en nada quedase defraudado el texto, y quedase libre el sentido de él a quien lo entendiese de otra manera, lo pusimos en el margen con esta nota: “Heb.”, y a continuación como está en el Hebreo, palabra por palabra. Donde el Hebraísmo no es tan oscuro, pero todavía tiene dificultad, lo declaramos en el margen, como lo entendimos, con esta nota: “q.d.”, que significa quiere decir; otras veces sin ella, para no ocupar el margen, que nos quedaba pequeño. De manera que todas nuestras amonestaciones son, o diversas interpretaciones en los lugares ambiguos, como ya hemos declarado arriba, o el Hebraísmo, donde es del todo absurdo en Español; o declaración del Hebraísmo, donde es algo difícil. Las anotaciones que conciernen a la declaración de las cosas, las guardamos, o para imprimirlas aparte, cuando entendamos que nuestro estudio agrada a la Iglesia del Señor, o para ponerlas juntamente con el texto en otra impresión, si el Señor fuese servido en que alcancemos a hacer aquella. En las que hemos puesto, fuimos algo escasos al principio de la impresión, y aun hasta el medio, porque pensábamos poner las que dejábamos al final del libro; pero cuando vimos que el volumen crecía más de lo que pensamos al principio, acordamos de cargar la mano algo más, aunque todo fue muy poco para satisfacer nuestro deseo, y a lo que fuera necesario para anotar todo lo que tuviera dificultad. Parte fue de esta falta o cortedad haber trazado el margen tan pequeño para las anotaciones, que muchas veces no bastase en los lugares dificultosos, como son los cánticos y los profetas en muchas partes, y asimismo en las epístolas Apostólicas, a recibir todo lo que estaba en el texto, con su letra para ser anotado; y así se quedó señalado el lugar en el texto, y sin anotación en el margen. Esta falta suplimos con hacer poner al final del libro las anotaciones que no cupieron en sus propios lugares.

LOS SUMARIOS O ARGUMENTOS DE LOS CAPÍTULOS

Casiodoro de Reina incluyó sobre cada capítulo un breve sumario de lo que contenía el mismo. Estos sumarios se mantuvieron hasta la Revisión de 1865 inclusive. Cuanto a los sumarios de los capítulos, advertirá el lector, que no pretendimos tanto hacer sumarios que se quedasen siempre por leer, como argumentos que sirviesen para la comprensión del capítulo, y las más de las veces, toda la disposición de él, y la conexión de las sentencias, cosa que como no nos costó poco trabajo, no se hallará en todos los comentarios; de donde no es de maravillar, si aquellos donde hicimos semejante diligencia, nos salieron al parecer un poco prolijos. Digo al parecer, porque el lector que no va contando los renglones, sino buscando el provecho de la comprensión de lo que lee, hallará que ni son largos ni sin fruto. La partición que en ellos guardamos fue primeramente comprendida toda la materia del capítulo en la mente, reducirlo a los menos miembros que nos fue posible, lo cual por lo primero sirve mucho a la continuación de las sentencias del todo, donde la menudencia de miembros que en otros vemos, muchas veces causa dificultad en la conexión, y aun confusión. Repartido así el capítulo, ponemos el argumento, los miembros por su orden señalándolos, no por los versos del capítulo, sino por propios números: el primero, primero; el segundo segundo, etc., y 13 después distribuyendo los mismos números por el capítulo, poniendo a cada miembro el número que tuvo en el argumento con el parágrafo ” ¶ “. Algunas veces se hallarán estos números confusos, así en el argumento como en el capítulo, lo cual es cuando el mismo capítulo tiene la misma confusión, tratando (como si dijésemos) después del segundo miembro algo que pertenece al primero. Entonces después del número segundo se volverá a hallar el primero, para que el lector sepa deducir las sentencias al miembro que pertenecen.

A MODO DE CONCLUSIÓN

Esto es lo más importante de lo que al presente nos pareció que debíamos dar razón de nuestra versión a la Iglesia del Señor, por el bien y consuelo de la cual hemos trabajado. En lo que toca a nosotros, aunque haber tomado una empresa tan grande con fuerzas tan pequeñas en parte nos sea contado a temeridad, mayormente por los que no lo consideran todo, o por los que nada o poco saben agradecer, aun de aquello de que se sirven, o por los que por ser ya más doctos, ningún provecho ni contentamiento esperan de nuestros trabajos, con todo eso tiene remedio lo que por parte de esta nuestra temeridad se podrá haber errado. Primeramente en que habiendo hecho con toda fidelidad todo lo que hemos podido, ningún sano juicio nos reñirá por lo que nuestras fuerzas no alcanzaron. Quien lo pudiere y quisiere hacer mejor, nuestro presente trabajo no le estorbará, sino que le ayudará aun con las mismas faltas y errores que tuviere. En segundo lugar, en que tampoco pretendemos poner regla a la Iglesia, la cual necesariamente tenga que graduar y canonizar por infalible (digo cuanto es de nuestra versión). Solamente pretendemos ayudar con lo que podemos, corto o largo, hasta que Dios dé más abundante provisión a su Iglesia. En tercer lugar, para quien nos quisiere corregir con caridad, por la gracia de Dios, no somos del número de los que, o con razón o sin ella, presumen tanto de sí, que tengan por tan acabado lo que una vez sale de sus manos, que nada se le pueda añadir ni quitar. Confesamos que pudiera haber otros muchos en la nación adornados de mayores dones de Dios para esta empresa; pero Dios no les ha dado el querer ni el atrevimiento, ocupados por ventura en otras cosas, a su parecer más importantes. Y poco tenemos acá por qué entremeternos en este juicio, porque ellos verán , qué cuenta darán en el juicio de Dios, del buen o mal empleo de sus dones. Cuanto a nosotros, es cierto, y de ello nos dará el Señor, fiel testimonio algún día, que visto que ninguno de estos doctísimos que lo pudieran hacer mejor, se osaba encargar obra tan necesaria para el adelantamiento del Reino y la gloria del Señor, el dolor de la falta que la Iglesia padecía en esta parte, nos puso el ánimo que nunca nos pusiera la sola consideración de nuestras fuerzas, así para comenzarla, como para llegar a este punto; y ninguna duda tenemos de que nuestro trabajo no haya sido agradable a Dios, por la continua asistencia de su favor con que hemos podido llevar una carga tan pesada, tan estorbada por Satanás, tan poco ayudada por hermanos y durante tantos días. Sacado el tiempo que nos han llevado enfermedades, o viajes u otras ocupaciones necesarias en nuestro destierro y pobreza, podemos afirmar, que han sido bien los nueve (años), que no hemos soltado la pluma de la mano, ni aflojado el estudio en cuanto las fuerzas así del cuerpo como del ánimo nos han alcanzado. Parte de tan larga tardanza ha sido la falta de nuestra erudición para tan grande obra, y el celo de tratarla con toda limpieza, con la cual obligación, ninguna erudita ni larga diligencia se puede satisfacer lo suficiente. La erudición y conocimiento de las lenguas, 14 aunque no ha sido ni es la que quisiéramos, ha sido la que basta para, (como ya arriba hemos tocado), entender los pareceres de los que más entienden, y conferirlos entre sí, para poder escoger lo más conveniente conforme al sentido y conocimiento que Dios nos ha dado de su palabra. Nos hemos ayudado del juicio y doctrina, así de los vivos como de los muertos, que en la obra nos han podido dar alguna ayuda, consultando las más versiones que hay hasta ahora, y muchas veces los comentarios. Tampoco nos han faltado las experiencias y ejercicio de muchas de las cosas de que trata y hace principal estado la divina Escritura, que de hecho es la mayor y más sustancial ayuda, (no faltando las otras), para su verdadera inteligencia. Con todo eso no entendemos que lo hemos alcanzado todo, porque si aun con nuestra cortedad de vista hemos visto y hallado faltas, y algunas no livianas, en los que nos hacen ventaja sin comparación, así en erudición como en espíritu, no hay porque no creamos, que en nuestra obra aun se hallarán muchas, aunque estamos ciertos que ninguna será tal, que por ella merezcamos en juicio sano título de corruptores de la Escritura, el cual no es justo que se dé sino al que queriendo y sabiéndolo, corrompe o altera algún lugar, o para confirmación de algún error de importancia, o para quitar cimientos a algún principio bien fundado de la Fe universal de la Iglesia. Los demás errores, que siendo por una ignorancia o inadvertencia, que por la debilidad de la naturaleza puede caer aun en los más diligentes y circunspectos, y junto con esto no son perjudiciales a la común Fe, la caridad Cristiana los sabe excusar y sufrir, y cuando la oportunidad se ofrece, enmendarlos con toda suavidad. Lejos van de este pío y Cristiano afecto los que exaltan y suben de punto las faltas semejantes, llevándolas por sus largos conductos hasta algunos de los primeros principios de la Fe, donde las gradúan y califican por subversoras de la Fe, y les dan los mismos títulos, que con razón se darían a las negativas de aquel artículo; y nombran luego al errado por los nombres de los principales herejes que primero establecieron el error. Este método tiene apariencia de celo por el edificio de la Iglesia, pero a la verdad es un oscuro artificio con que el diablo la llena de cismas, de disensiones, de revueltas: la mina, y al final la arruina, unas veces acusando unos sin ninguna piedad, otras defendiendo otros sin ninguna templanza, lo que por ventura, o que se dijera, o que se dejara, ni iba tanto en ello que la concordia Cristiana, tan encomendada del Señor en su Iglesia, no hubiera de ser de mayor estima. Y uno de los mayores males es, (y aun por hablar más propio, una especie de escarnio), que todos sabemos hacer esta queja, pero nadie quiere ser el primero en ponerle el remedio, cuando viene a mano la ocasión. Así que por poner ya fin a esta nuestra amonestación, la obra que damos al presente, por ser la Palabra de Dios y su Ley es buena en sí, y útil, y aun necesaria a la Iglesia Cristiana, y harto deseada de los píos. Por las faltas que en ella hubiere de nuestra parte, (las cuales no negamos, aunque no las sabemos), nadie la debe menospreciar, mucho menos calumniar, (excepto Satanás, cuyo oficio es, o abiertamente o con santos pretextos, calumniar lo bueno, y estorbar todo lo que en el mundo puede adelantar la gloria de Dios, y la salud de los hombres), mayormente pues que no hay quien en Español haya dado cosa mejor hasta ahora, y ni pudimos más ni estorbamos a quien más pudiere, ni queremos poner versión de suma autoridad a la Iglesia, ni en las faltas que hubiéremos hecho queremos ser pertinaces defensores de ellas; antes protestamos delante del Señor y de todos sus Ángeles, que nada que nada pretendemos en ella que no sea a su gloria y a la edificación de su Iglesia; y que lo que a estos dos fines no hiciere, desde ahora lo damos por no dicho y hecho, de lo cual la misma Iglesia, por la regla de la misma palabra de Dios que tiene y sigue, sea el juez. Por conclusión final de este propósito diré lo que me parece acerca de este asunto, y tendrá el valor que la Iglesia del Señor le querrá dar. Y es, que pues que ya se entiende que el uso de la Divina Escritura en lengua vulgar es bien que se conceda, (como el Decreto del Concilio Tridentino ha 15 determinado), prudencia digna de Reyes y Pastores Cristianos sería poner orden con tiempo, de mandar a hacer una versión , no a uno ni a pocos, sino a diez o doce hombres escogidos por los más doctos y píos de todas las Universidades e Iglesias del Reino, los cuales con diligencia tal consultasen el texto Hebreo en el Antiguo Pacto, y el Griego en el nuevo, y todas las versiones que se pudiesen tener, y de todas sacasen una versión Latina que sirviese para las escuelas, y otra vulgar que sirviese para el vulgo, a las cuales por un público Concilio, a lo menos nacional, y con el favor del público supremo Magistrado se les diese suma autoridad para que estas solas tuviesen fuerza de Escritura canónica, por la cual se decidiese definitivamente, como por legítimas leyes, todo asunto o disputa Eclesiástica, y para ser alegada por tal, así en sermones como en lecciones o disputas; a la cual bajo gravísima pena nadie pudiese quitar, ni modificar, ni añadir. Pero por cuanto aun los dichos autores de dichas versiones podrían también haber faltado en algo, que algún otro particular en algún tiempo podría alcanzar a ver, como sucede, y asimismo por evitar toda especie de tiranía, sería de parecer que quedase libertad a cualquiera que hallase alguna falta en las versiones así autorizadas, no para enmendarla él de su autoridad, sino para proponerla en el Concilio o Sínodo, cuando se tuviese, para que siendo examinada en él, con autoridad del mismo Sínodo se enmendase, lo cual se podría hacer con nueva impresión, y poniendo mandamiento, que conforme a ella se enmendasen todos los ejemplares viejos. En la impresión de estas tales versiones también me parece que debería de tenerse especial recato. Que para evitar la corrupción por culpa de los muchos impresores, se señalase uno, el que se estimase ser el más diligente y fiel en su oficio, el cual solo fuese calificado por pública autoridad del Sínodo o Concilio nacional para imprimir dicha Biblia, el cual fuese obligado a hacer tantas impresiones de ella al año, o de cierto en cierto tiempo, cuantas al Concilio pareciese que bastaría, para que el no haber más de un impresor de ella no fuese causa a él de avaricia, y a la Iglesia de falta. Dé el Señor espíritu en los ánimos de los Reyes y Pastores Cristianos, para que celando como deben, la gloria de Dios y el bien de su pueblo, conciban algún día tales pensamientos. Amén.

Casiodoro de Reina

INTRODUCCIÓN A LA BIBLIA DEL CÁNTARO

LA LECTURA DE LA SANTA BIBLIA

Cipriano de Valera

Nuestro buen Dios y Padre, que tanto desea y procura nuestra salvación, y que ninguno de nosotros se pierda por ignorancia, sino que todos vengamos al conocimiento de la verdad, y que así seamos salvos, nos manda muy expresamente, y no en un lugar, sino en muy muchos que leamos la sagrada escritura, que la meditemos, escudriñemos y rumiemos. Y así en Dt. 6.7 hablando con todo su pueblo en general, y con cualquiera de ellos en particular dice: “Estas palabras, que yo te mando hoy, estarán sobre tu corazón, y las repetirás a tus hijos, y hablarás de ellas estando en tu casa, y andando por el camino, y acostándote en la cama y levantándote, etc.” Lo mismo repite en el capítulo 11, ver. 18 y 19, y cap. 17.18 del mismo libro, hablando Dios del deber del Rey dice: “Cuando se asentare el Rey sobre la silla de su reino, se hará escribir esta segunda ley en un libro, etc.”; y luego , “el cual tendrá consigo: leerá en él todos los días de su vida, para que aprenda a temer a Jehová su Dios, etc.”. El mismo Dios que mandó esto al Rey, manda esto a Josué, el cual era capitán general de los Israelitas: “Que el libro de la ley nunca se aparte de su boca, sino que de día y de noche medite en él, etc.” En el Salmo 1 versículo 2 se dice que “el pío, (al cual llama bienaventurado), pensará en la ley de Jehová de día y de noche”. En el Salmo 78.5 se dice Dios haber mandado “a los padres que notifiquen su ley a sus hijos”, etc. Juan 5.39, manda el Señor “escudriñar las Escrituras”; y luego da la causa porque las debamos escudriñar: “porque ellas, (dice), son las que dan testimonio de mí”. Hechos 17.2, cuenta S. Lucas que cuando Pablo predicó en Berea, “los que recibieron la Palabra escudriñaban cada día las Escrituras para ver si lo que les predicaba Pablo convenía con la Escritura”. S. Pablo, en su primera carta a los Corintios 14.35, manda que “la mujer cuando tuviere alguna duda (respecto a la religión), demande a su marido la resolución”; ¿Y cómo el marido resolverá la duda a su mujer, si él no ha leído la Escritura, ni jamás se ha ejercitado en ella? San Pablo, hablando con su buen discípulo Timoteo, (2 Tim. 3.15), le dice “que de su niñez has sabido las sagradas Letras, las cuales te pueden hacer sabio para la salud por la fe que es en Cristo Jesús”; y añade estas palabras: ”Toda escritura divinamente inspirada es útil para enseñar, para redargüir, para corregir, para instituir en justicia: para que el hombre de Dios sea perfecto, perfectamente instruido para toda buena obra”. El que quisiere saber los encomios, loores y alabanzas de la palabra de Dios lea aquel grande y admirable Salmo 119, (que cada día cantan o rezan nuestros adversarios en su Prima, Tercia, Sexta y Nona, y que tan pocos de ellos lo entienden o consideran), donde muy de propósito exhorta David al Pío, al fiel Cristiano, al que desea y procura servir y adorar a Dios en Espíritu y en verdad, a la lectura y meditación. Cuya lectura y meditación juntamente con invocación del Espíritu del Señor, (que alumbre nuestros entendimientos, para que entendamos y saquemos fruto de la lectura de la Sagrada Escritura), es necesaria así a chicos como a grandes, así a ricos como a pobres, así a doctos como a indoctos, así a eclesiásticos como a los que llaman seglares. En este Salmo, David llama a la palabra de Dios con estos títulos: Ley de Dios, Camino, Palabra de Dios, Juicios, Testimonios, Mandamientos, Estatutos y Ordenanzas de Dios. Este Salmo tiene 176 versos y casi no hay verso en el cual no haya alguna de estas 3 palabras que hemos dicho. Y así dice:_ “Lámpara es para mis pies tu palabra, y lumbre para mis sendas”. Y al principio del Salmo, había preguntado David: “¿Con qué limpiará el mozo su camino?” quiere decir: ¿cómo vivirá la juventud en limpieza y temor de Dios? Responde el mismo David: “Cuando guardare tu palabra”. Pregunto yo ahora: ¿Cómo guardará, o el viejo o el mozo la palabra de Dios, o cómo les será lumbre en sus caminos, cuando no la conocen, ni saben que cosa sea? ¿cuándo no la leen, ni la oyen a otros leer? ¿ cuándo no la rumian, ni meditan, ni invocan al Señor, que les alumbre sus entendimientos para entenderla?

LO QUE DICEN LOS PADRES DE LA IGLESIA SOBRE LEER LAS SAGRADAS ESCRITURAS

Y si esta disputa de leer la Escritura se hubiese de liquidar por lo que dicen los Doctores y concilios antiguos, fácilmente confirmaríamos lo que decimos. Porque no hay ninguno de ellos que no exhorte a los fieles a leer y a oír la Sagrada Escritura. Pero entre todos ellos San Juan Crisóstomo admirablemente exhorta en muchísimos lugares a todo género y suerte de hombres como de mujeres, de cualquier estado y condición, que sean, chicos o grandes, ricos o pobres, doctos o indoctos, etc., a leer la Escritura. Y él mismo responde a todas las objeciones que nuestros adversarios hacen el día de hoy contra la lectura de la Escritura. Pero entre todos estos lugares de Crisóstomo, el sermón 3º que hizo de Lázaro es admirable. Dice pues al principio de dicho sermón de esta manera: “Yo tengo por costumbre de deciros muchos días antes la materia de que tengo que tratar, para que vosotros en el entretanto toméis vuestro libro, y advirtiendo toda el conjunto de lo que se puede tratar, después que hubiereis entendido lo que se ha dicho, os aparejéis para oír lo que resta. Y esto siempre exhorto, y nunca cesaré de exhortarlo, que no solamente aquí”, (quiere decir en la Iglesia), “advirtáis lo que se os dice: sino aun cuando estuviereis en casa, os ejercitéis continuamente en la lección de la Sagrada Escritura”. Y luego responde a las objeciones, diciendo: “Y no me diga nadie: yo harto tengo que entender en los negocios de la República: yo soy Magistrado, yo soy oficial, que vivo del trabajo de mis manos; yo soy casado, tengo mujer, hijos y familia que proveer; yo soy hombre del mundo y por eso no me conviene a mí leer la Escritura, sino a aquellos que han dejado el mundo, y se han ido al desierto”. A los cuales Crisóstomo responde: “¿Qué dices, oh, hombre?¿ No te conviene a ti escudriñar las Escrituras, porque andas distraído con muchos cuidados? Antes te digo que es más tu deber que no de los otros, etc”. Y da la razón: “Dice que aquellos no tienen tanta necesidad de leer la Escritura, como otros que están a manera de decir, en mitad de la mar, traídos de acá para allá con las ondas; los tales, (dice), tienen siempre necesidad de un continuo conforte de la Escritura. Aquellos están sentados lejos de la batalla, y por eso no reciben muchas heridas; pero tú, porque continuamente estás en la batalla, porque muchas veces eres herido, por eso tienes más necesidad de remedio, como aquel a quien la mujer provoca, el hijo le contrista y mueve a ira, el enemigo le estrecha y el amigo le tiene envidia”. Y así va discurseando, y concluye diciendo: “Por lo cual es necesario tomar sin cesar armas de la Escritura”. Y un poco más abajo: “Y no puede ser ahora, no puede, digo, ser que alguno se salve, si continuamente no se ejercita en la lectura espiritual, etc”. Y luego: “¿No ves tú que los herreros, plateros y todos cuantos se ocupan de algún arte mecánica, tienen toda la herramienta, y todos los instrumentos de su arte preparados y puestos en orden ? Aunque sean muy pobres, y que el hambre los aqueje, con 4 todo esto más preferirán sufrir hambre, que vender alguno de los instrumentos de su arte para comer, etc”. Y compara: “Ciertamente nosotros debemos tener el mismo ánimo que ellos, y como los instrumentos de su arte son el martillo, el yunque, las tenazas, así de la misma manera, los instrumentos de nuestro arte son los libros de los Apóstoles y de los Profetas, y toda la Escritura divinamente inspirada y provechosa, etc.” Y agrega: “Así que no seamos negligentes en procurar tener estos libros para no ser heridos de herida mortal”. “La misma vista de estos libros causa que no seamos tan prontos a pecar. Si hemos cometido alguna cosa que nos está prohibida, al volver a casa, y mirar los libros, nuestra conciencia con mayor vehemencia nos condena, etc”. Otra objeción que ponen, es la que hacen algunos de nuestros tiempos: ¿Qué será, (dicen), si no entendemos lo contenido en los libros? Responde Crisóstomo: “Aunque no entendáis los secretos de la Escritura, con todo esto, la misma lectura de la Escritura causa en nosotros una cierta santidad. Aunque no puede ser, que todo cuanto leéis, ignoréis. Porque la gracia del Espíritu por eso dispensó y modificó todo lo que está en la Escritura, para que los publicanos, pescadores, artífices, pastores, Apóstoles, idiotas e indoctos fuesen salvos por medio de estos libros; para que ningún idiota, se valiese de esta excusa, diciendo que la Escritura es oscura; para que lo que dice en ella, todos lo pudiesen ver fácilmente; y para que el artífice, el sirviente, la viuda y el más ignorante de todos los hombres, sacase alguna ganancia y provecho de haber oído leer la Escritura”. Además, “Los Apóstoles y Profetas hicieron claro y manifiesto a todos los que dijeron: Como comunes Doctores del mundo; para que cada uno por sí mismo pueda aprender lo que se dice de la sola lección. Y esto pronunciándolo antes el profeta dijo: Todos serán enseñados de Dios, y ninguno dirá a su prójimo: Conoce a Dios; porque todos me conocerán, desde el más pequeño hasta el mayor, etc.” Esto dijo Isaías, capítulo 54.13. Leed Jeremías 31.34, y Juan 6.45. Además dice Crisóstomo: “Demás de esto, las señales, los milagros e historias ¿no son cosas manifiestas y claras, que todos las entienden? Así que es pretexto, excusa y cobertura de pereza lo que dicen: que no se entiende lo que está en la Escritura. ¿Cómo podrás entender en algún momento, lo que ni aun de pasada quieres mirar? Toma el libro en tus manos, lee toda la historia, y lo que es claro retenlo en tu memoria; y lo que es oscuro y no muy claro, léelo muchas veces, y si con la continua lectura aun no lo pudieres entender, vete a algún sabio, a algún hombre docto: comparte con ellos lo que haz leído , etc.” Y añade: “La lectura de la Escritura es gran arma contra el pecado: gran precipicio y profundo piélago el ignorar la Escritura; Es gran pérdida de la salvación no saber nada de lo contenido en las leyes divinas. El ignorar las Escrituras es causa de las herejías. Esta ignorancia hace que los hombres vivan tan mal: ésta lo revuelve todo de arriba abajo, porque no puede ser, no puede ser, digo, que el que continua y atentamente leyere la Escritura, quede sin provecho, etc.” Todo esto y mucho más dice San Juan Crisóstomo en el sermón citado, lo cual he abreviado lo más que he podido.

DIVERSAS VERSIONES ANTIGUAS DE LAS SANTAS ESCRITURAS

El mismo Dios, que mandó que todos sin hacer diferencia alguna de sexo, ni de edad, ni de calidad leyesen la Sagrada Escritura, ese mismo ordenó que ella fuese divulgada en todas las lenguas, (como vemos que lo es), para que ninguno pretendiese ignorancia. Así en tiempo pasado se divulgó en las tres lenguas más principales y más comunes, que entonces se usaban en el mundo, que eran la Hebrea, Griega y Latina. Después los hombres píos y doctos, movidos de un santo celo de hacer bien a los de sus naciones, la tradujeron a sus lenguas vulgares. Así leemos que S. Jerónimo la tradujo a su lengua materna, que era la Dalmática; S. Juan Crisóstomo la tradujo a la lengua Armenia. Ulfilas, Obispo Godo la tradujo a la lengua Gótica; Juan, Obispo de Sevilla la tradujo a la lengua Arábiga. Metodio en Eslavónica, etc. En tiempo de Eltestano, que reinó en la que ahora llamamos Inglaterra hará sus novecientos años, (es decir alrededor del año 700 d.C.), la Biblia se tradujo a la lengua Británica que era la lengua que entonces se usaba en aquella isla. Considerando Crisóstomo estas diversas traducciones dijo estas palabras: “ Los Siros, Egipcios, Persas, Etíopes, y otras innumerables naciones tienen la doctrina celestial traducida a sus lenguas; y por este medio han dejado su barbarie para filosofar de veras.” Teodoreto dice: “ Los libros Hebreos son no solamente traducidos al Griego, más aun en lengua Latina, Egipcia, Persa, India, Armenia, Escita, Sauromática, y para decirlo en una palabra, en todas las lenguas, de las cuales aun hasta el día de hoy usan las naciones.” Pero dejadas las historias de otras naciones, vengamos a nuestras historias de España; porque los ejemplos domésticos son los que más mueven. Cuando los Godos se apoderaron de España, (que hace ya como 1200 años – año 400 d.C.-), la Sagrada Escritura fue traducida (como ya hemos dicho) por Ulfilas a la lengua Gótica, para que los Godos, gente bárbara e infiel, se hiciesen domésticos, y se convirtiesen a la Fe de Jesucristo, como se convirtieron. Casi cuatrocientos años después cesó el imperio de los Godos en España apoderándose de la mayor parte de ella los Moros, que pasaron desde África. Reinando pues los Moros en España, un Obispo de Sevilla tradujo la Sagrada Escritura a la lengua Arábiga, para que los Moros supiesen cual era la religión Cristiana. Setecientos años y más después de la pérdida de España, el Rey Don Fernando ganó el Reino de Granada; y así los Moros, que no quisieron tornarse Cristianos, fueron totalmente echados de toda España; y los que se convirtieron se quedaron en España. Para que pues estos Moros recién convertidos fuesen bien instruidos en la religión Cristiana, el primer Arzobispo de Granada, Fraile Jerónimo, fue de parecer que la Sagrada Escritura se tradujese en lengua Arábiga, ( porque de la otra traducción que dijimos, hecha cuando los Moros entraron en España, ya no había memoria de ella. A este tan pío intento se opuso don Francisco Jiménez, Arzobispo de Toledo, que era el todo en todo en toda España, alegando razones no tomadas de la Palabra de Dios, ni de lo que dijeron e hicieron los santos doctores de la Iglesia, sino fabricadas por juicio de hombre, y por el consiguiente repugnantes a la Palabra de Dios. Y así se impidió la traducción, que tanto bien hubiera hecho a aquellos pobres e ignorantes Moriscos. 6 Después acá el mismo Dios movido de la misma misericordia que antes, ha levantado algunos Españoles en nuestros tiempos, que han traducido los libros sagrados. Los libros impresos en Español que yo he visto son los siguientes: La Biblia en lengua Valenciana con licencia de los inquisidores, a cuya traducción asistió S. Vicente Ferrer, que hace más de ciento y tantos años que se imprimió en folio de papel real; el Antiguo Testamento sin los libros Apócrifos, impreso en Ferrara en 1553, palabra por palabra como está en Hebreo, que es un gran tesoro de la lengua Española; La Biblia de Casiodoro de Reina impresa en Basilea en 1569; Francisco de Enzinas Burgales tradujo en 1542 el Nuevo Testamento, y lo presentó al Emperador don Carlos en Bruselas; el Doctor Juan Pérez de pía memoria, en 1556 imprimió el Nuevo Testamento, y un tal Julián Hernández movido con el celo de hacer bien a su nación, llevó muchísimos de estos Testamentos y los distribuyó en Sevilla en 1557. A Juan Pérez, Casiodoro, y Julián yo los conocí, y traté familiarmente. En 1596 imprimimos el Nuevo Testamento; y ahora por la misericordia de Dios sacamos otra vez a la luz la Biblia Española. Estas impresiones yo las he visto, fuera de las que con la injuria del tiempo, y con la persecución de los enemigos de la Cruz de Cristo, nuevos Antiocos, se han perdido. Además de estas traducciones en Español que hemos nombrado, hay dos admirables Biblias impresas en diversas lenguas, (como luego diremos), que Españoles han hecho, las cuales son, y con muy gran razón, muy estimadas de todos los doctos, de cualquiera nación que sean; la causa porque se hayan impreso diremos aquí. En el Concilio Vienense se mandó que las lenguas Latina, Griega, Hebrea, Caldea y Arábiga, se leyesen públicamente en las universidades. Conforme a este decreto, don Francisco Jiménez, (Fray Francisco), Arzobispo de Toledo, Cardenal, Gobernador e Inquisidor general de España, y fundador de la célebre universidad de Alcalá, que en Latín se llama Complutum, el cual en Persona pasó a Africa, y en sus costas ganó a Orán; este digo, juntó muchos hombres doctos en las lenguas, principalmente en la Hebrea, para el Antiguo Testamento, y en la Griega para el Nuevo, y sirviéndose de ayuda y trabajo de estos, hizo imprimir en 1515, aquella admirable Biblia, que por razón del lugar de impresión se llamó Complutense, la cual dividieron en seis tomos. En el Antiguo Testamento pusieron el Texto Hebreo y la Paráfrasis Caldea, cada una con su Versión Latina. En el Nuevo pusieron el Texto Griego con su Versión Latina. El Papa León X aprobó esta obra y la confirmó con grandes privilegios exhortando a cada uno que la leyese. Esta obra le costó al Cardenal, (porque él la hizo toda a su cargo), sus seiscientos mil ducados. Esta Biblia fue el único instrumento y medio que Dios tomó para reformar y renovar el estudio de las lenguas y de las buenas letras, que en aquel tiempo estaban al rincón, comidas de polillas y cubiertas de moho. Y así los doctos comenzaron a dejar la teología Escolástica, que consiste en vanas e intrincadas especulaciones sacadas de la filosofía inventada por los hombres, sin ninguna Palabra de Dios, y se dieron a la verdadera Teología, que es la lectura de las Sagradas Escrituras – a estos los Escolásticos llamaban por escarnio y vituperio “Biblistas” ); y así estos Biblistas comenzaron a sacar su agua de las fuentes de la Salud, y no de cisternas requebrajadas, cuya agua es hedionda y mortífera. Estas fuente son la dos lenguas Hebrea y Griega, en que agradó al Señor enseñarnos Su Ley y Voluntad. Estas dos lenguas, por cuanto el Antiguo Testamento fue escrito en Hebreo y el Nuevo en Griego, son las dos tetas 7 por las que nuestra madre, la Iglesia Católica, regida por el Espíritu Santo, cría a sus hijos y los guía hasta traerlos a perfecta edad. Veis aquí como el Señor hizo resplandecer la luz del Evangelio en medio de las tinieblas de ignorancia, superstición e idolatría; y ha resplandecido tanto esta luz, que ha cundido por toda Europa, y aun ha pasado el gran mar Occidental, y ha venido hasta las Indias Occidentales (América), y Orientales. En nuestra España muchísimos doctos, muy muchos nobles y gente afamada e ilustre, han salido por esta causa en los Autos de Fe. No hay ciudad, y a manera de decir, no hay villa ni lugar, no hay casa noble en España, que no haya tenido y aun tenga alguno, o algunos que Dios por su infinita misericordia haya alumbrado con la luz de su Evangelio. Común refrán es el día de hoy en España, cuando hablan de algún hombre docto, decir: “Es tan docto que está en peligro de ser Luterano. Nuestros adversarios han hecho cuanto han podido para apagar esta luz del Evangelio; y así han afrentado con pérdida de bienes, vida y honra a muy muchos en España. Y es de notar que cuanto s más afrentan, más apresan y ponen sambenitos, echan a galeras, o en cárcel perpetua, y queman, tantos más se multiplican porque la sangre de los Mártires es la simiente de la Iglesia. Es necesario, como dice nuestro Redentor, que el grano de trigo para que se multiplique se eche en la tierra y muera; y si no muere, si no se pudre, queda solo, y no multiplica. Es también aquí de admirar la inmensa potencia, sabiduría y providencia de Dios, que tomó a un Español por instrumento para hacer todo esto, al fraile Francisco, Arzobispo de Toledo, Cardenal de Roma, Gobernador e Inquisidor General de España. ¡Oh profundidad de las riquezas de la sabiduría y de la ciencia de Dios!; ¡Cuán incomprensibles son sus juicios, e imposibles de hallar sus caminos! Habiéndose agotado todos los ejemplares de la mencionada impresión del Cardenal, de tal manera que por ningún dinero no se podían hallar, (porque los que los tenían, no querían carecer de un tesoro tan grande), agradó a Dios, movido de la misma misericordia que antes, inspirar en el corazón de Benito Arias, natural de Frejenal de la Sierra, (y por ello se llama “Montano”), al cual yo conocí estudiando en Sevilla, de hacer otra nueva impresión, para que la Iglesia de Dios no careciese de tanto bien; y así vino, no hace muchos años, a Amberes, donde a costa del Rey don Felipe II la imprimió, poniendo juntamente con el texto Hebreo la versión Caldea, Griega, Siríaca, y algunas versiones Latinas antiguas y modernas. Fue hombre muy docto en diez lenguas; pasó su juventud estudiando en Sevilla; por lo cual, y porque su tierra Frejenal no está lejos, y es del territorio de Sevilla, se llamó “hispalensis” (quiere decir “Sevillano””). En Sevilla dio gran muestra en sus estudios de los que después había de ser. Oía de muy buena gana la doctrina de los buenos predicadores de Sevilla, como del doctor Constantino, del doctor Egidio, y de otros tales, que Dios levantó en Sevilla en aquel tiempo. ¡Veis aquí, Españoles, cómo nuestros, compatriotas han encendido dos antorchas de luz evangélica, que alumbran a todo el mundo! Y ahora otro vuestro Español, enciende la tercera, la cual ya que no alumbrará a todo el mundo, por lo menos alumbrará a nuestra España. ¡No resistáis, pues, al Espíritu Santo; no apaguéis la luz con que Dios os quiere alumbrar! ¡Servios de este trabajo para gloria de Dios y salud de vuestras almas!

LAS PROHIBICIONES DE LA LECTURA DE LA SANTA BIBLIA

Concluyamos de todo lo dicho, que pues el Dios Todopoderoso, que creó los cielos y tierra, y todo cuanto se contiene en ellos, mandó tan expresamente en el Antiguo Testamento que todos los fieles 8 leyesen la Sagrada Escritura. Y pues que su Hijo Jesucristo, que murió por nuestros pecados y resucitó por nuestra justificación, mandó lo mismo en el Nuevo Testamento. Y pues que los santos doctores inspirados por el Espíritu Santo exhortaron a todos los fieles sin excepción de persona ninguna a leerla. Y pues que los bienaventurados Mártires y los demás fieles y católicos Cristianos obedeciendo al mandamiento de su Dios, Rey y Señor, para argumento de su fe y provecho suyo la leyeron. Concluyamos, digo, que todos aquellos que como nuevos Antiocos y perseguidores de la Iglesia Ortodoxa, Católica y Apostólica, y crueles enemigos de la salud de los hombres, prohíben lo que Dios ordenó para salvar a los fieles, que es el leer la Sagrada Escritura, son rebeldes a Dios, y tiranos para con la Iglesia. Y lo que es peor y más de llorar, es que los tales rebeldes han hallado discípulos que de muy buena gana los oyen, y en extremo se gozan con semejante prohibición de leer la Sagrada Escritura, los cuales exhortan a sus Pastores que no los apacienten con el pasto de vida, que no les prediquen Palabra de Dios, sino fábulas, sueños y falsos milagros; lo cual previó y predijo S. Pablo, cuando hablando con su discípulo Timoteo, dijo: “Vendrá tiempo cuando no sufrirán la sana doctrina; antes teniendo comezón en las orejas se amontonarán maestros conforme a sus concupiscencias, y así apartarán de la verdad el oído, y se volverán a las fábulas” –2.Tim.4.3- Y antes de S. Pablo lo había profetizado Isaías: “Que dicen (dice Isaías), a los que ven, ¡no veáis!, y a los Profetas, ¡No nos profeticéis lo recto! Decidnos halagos, profetizad errores”, (Is.30.10). Y el mismo Isaías, cap.8 versículo 19 y 20 manda a los píos que cuando los impíos les digan: “ Preguntad a los Pitones y a los adivinos, etc”, que les respondan: “¿No consultará el pueblo a su Dios? ¿Preguntarán por los vivos a los muertos? No, sino ¡A la Ley y al Testimonio!” Y luego dice: “los que no hablan de esta manera es porque no les ha amanecido.” Quiere decir que están en tinieblas de ignorancia. A este mismo propósito dice Abraham (como lo cuenta el Señor en Lc.16.29) al Rico avariento: “A Moisés y a los Profetas tienen: ¡Óiganlos!” Contra los tales habla el Señor (Jn.8.47), diciendo: “El que es de Dios, las palabras de Dios oye; por tanto vosotros no las oís por cuanto no sois de Dios” Nuestra vida no es sino una continua batalla contra poderosos y mortales enemigos, con los cuales jamás tendremos paz, ni aun treguas, siquiera por un solo día. “No tenemos, (dice el Apóstol en Efesios6.12), lucha contra sangre y carne, sino contra principados, contra potestades, contra señores del mundo, gobernadores de las tinieblas de esta era, contra malicias espirituales que están en lo alto”. Y por tanto nos manda que “tomemos toda la armadura de Dios, para que podamos resistir, etc”. Y nombra las piezas, que son: “la cota de justicia, el escudo de la fe, el yelmo de salud” Al fin concluye con la pieza principal: “tomad, (dice), el cuchillo del Espíritu que es, (como el mismo Apóstol lo interpreta), la Palabra de Dios”.El que pues, nos quita la Palabra de Dios, nos envía desarmados al matadero, o por mejor decir, al infierno. Cristo, nuestro maestro, siendo tentado por Satanás, con la Escritura Sagrada que es la Palabra de Dios, lo vence; en lo que nos dio ejemplo de cómo nos las tengamos que ver en las tentaciones, y como las hayamos de vencer. Si lo que hemos dicho es la verdad, (como lo es), miren cómo responderán a Dios los que han prohibido el leer las Sagradas Escrituras a los fieles. Los tales sin duda han sido causa 9 de tantas herejías, como se han levantado en la Iglesia. Porque el ignorar la Escritura causa las herejías, como lo testifica Crisóstomo, ya alegado. Y antes de Crisóstomo, Ireneo había dicho lo mismo. Dice, pues, Ireneo hablando de los Valentinianos herejes, lib.4, cap.12 y 13: “El ignorar las Escrituras los ha hecho caer en aquella herejía”. Y para decirlo todo en una palabra, el Señor hablando con los Saduceos, en Mateo 22.19, dice: “Erráis, porque no sabéis las Escrituras”. Los Legistas, (o abogados que comúnmente llamamos Letrados), tienen por un común axioma o Máxima, (que es una sentencia por todos admitida), decir, “Erubescimus quando sine lege loquimur”: “Nos cubrimos de vergüenza cuando hablamos sin ley”, que quiere decir: cuando no confirmamos lo que decimos con alguna de las Leyes. Lo mismo, y con muy mayor razón, podemos decir los Cristianos: “Nos cubrimos de vergüenza cuando hablando de cosas espirituales, de cosas que se refieren al servicio de Dios, a nuestra salud y bien de nuestro prójimo, no las confirmamos con la Ley de Dios, con la Palabra de Dios, que Su Majestad ha revelado y ha dictado a sus santos Profetas y Apóstoles, y nos manda que nos gobernemos por ella. ¿Y cómo confirmarán con la Palabra de Dios aquello que dicen, los que nunca leen la Escritura Sagrada ni saben qué cosa es? Hablo del vulgo ignorante, que se llama Cristiano; los cuales engañados de sus falsos profetas, creen, y así lo dicen ser la Biblia un libro maldito y excomulgado, lleno de herejías, que hace a los que la leen herejes y abominables; creen que el mismo Satanás, padre de la mentira, se haya inventado la Biblia para destruir cuerpos y almas de los que la leyeren. Otra vez vuelvo a decir que hablo del vulgo ignorante, mal instruido por sus falsos profetas. ¡Oh, inmensa paciencia y longanimidad de nuestro buen Dios, que con tanta paciencia sufres tales blasfemias! Pero su día vendrá a los tales, cuando su ignorancia no los excusará, sino que sentirán el riguroso juicio de Dios, y entenderán la Palabra de Dios permanecer para siempre, y que no la ha inventado Satanás, sino que el mismo Dios, cuyo nombre es JEHOVÁ , creó cielo y tierra y todo cuanto en ellos se contiene, la dictó e inspiró a sus santos Profetas y Apóstoles para salvar a todos los que admitieren por palabra y voluntad de Dios, y así se gobernaren por ella.

LA INTENCIÓN ENCUBIERTA DEL MALIGNO Y SUS ARTIMAÑAS

La causa porque los adversarios prohiban la Escritura, y persigan a sangre y fuego a los que la leen, es que entienden, por la gran experiencia que tienen, que la Sagrada Escritura es el único medio que Dios, por su gran misericordia, ha dejado en el mundo para saber entender y conocer cuál sea la verdadera religión, y cuál sea la falsa: cuál sea el culto y manera de honrarle que él mande, y cual sea el que el vede y deteste. Para que pues no entiendan los hombres la religión y doctrina de estos hipócritas y falsos profetas ser falsa y contraria a la que Dios instituyó en su Santa Palabra, mandan bajo pena de gravísimas censuras que no lean la Sagrada Escritura. Y aun han avanzado tanto en esta desvergonzada tiranía que algunos de ellos han dicho, y dejado por escrito, (para que su desvariada blasfemia fuese más notoria y manifiesta a todo el mundo), que mucho mayor daño causa la lectura de la Sagrada Escritura en lengua vulgar, que leer los libros de los filósofos Paganos; y que por esto se prohíbe lo primero y no lo segundo. Las palabras formales de nuestro Español Fray Alonso de Castro al final de capítulo 13 del libro 1 “Adversus Haereses”, son estas: “Cum ergo plus nocumenti inferatur ex libris sacris in linguam 10 vulgarem versis cuam ex lectione Gentilium Philophorum, meritó illud inhibetur, etiam si de alio sulla fiat prohibito”. Que es lo que hemos dicho. Para confundir esta blasfemia de Fray Alonso, y de otros tales, basta saber que el Espíritu Santo dictó la Sagrada Escritura en lenguas vulgares y comunes que todos en aquellos tiempos entendían, que eran la Hebrea en tiempo de los Profetas, y la Griega en tiempo de los Apóstoles; y que para que todos la lean la dictó, no exceptuando sexo ni edad, ni cualidad de persona alguna. Cuanto a los libros de los Paganos, sabemos que hay en ellos muchas impiedades y blasfemias contra la Majestad Divina. Como cuando dice Terencio en los Adelphos: “non est flagitium, mihi crede, adolescentem scortari”; (No es pecado, dice, creedme que el joven sea putañero). Los que se llaman Cristianos, y no lo son, concluyeron de aquí, ser lícito tener prostíbulos públicos, lo cual es contra el 7mo mandamiento de la Ley de Dios que dice:”No fornicarás” ; y en Deuteronomio.23.17 manda Dios “que no haya ramera en Israel””. Con la licencia que ellos dan, la juventud se corrompe en lo que respecta al alma, y en lo que atañe al cuerpo se llena de bubas. Cuanto a la inmortalidad del alma, muchos filósofos la negaron, y muchos la dudaron, y pocos la confesaron. Pero el Señor dice al buen ladrón: “Hoy estarás conmigo en el Paraíso”: Y el alma de Lázaro fue llevada al seno de Abraham, que es el Paraíso, y el alma del Rico avariento al infierno. La resurrección de los cuerpos todos los filósofos en común la negaron. Leed Hechos 17: la burla que hacen de S. Pablo porque les anunciaba la resurrección de los muertos. En cuanto a la resurrección , y cómo se hará, leed 1 Corintios 15 desde el versículo 12 hasta casi el final del capítulo. Aristóteles y otros muchos “afirmaron ser el mundo ab eterno, que ni tuvo principio ni tendrá fin”. Pero las primeras palabras de la Sagrada Escritura dicen que “Dios en el principio creó los cielos y la tierra, etc”. El mismo Aristóteles dijo: “virtutes… vitia sunt in nostra potestate”; de aquí dijeron los filósofos que “los dioses nos dieron el ser que tenemos, pero que seamos buenos lo tenemos de nosotros”. Pero la Escritura dice que “somos naturalmente hijos de ira; que somos siervos del pecado; pero que seremos libres cuando el Hijo (a saber Cristo), nos libertare. Y que no es del quiere, ni del que corre, sino de Dios que tiene misericordia”. En conclusión, los filósofos introdujeron una infinidad de dioses, como que uno no bastase para gobernar el mundo. Pero la Escritura dice: “Oye Israel, Jehová nuestro Dios, Jehová uno es. (Deuteronomio 6.4). Todo esto se lee en los filósofos, y se permite; y la Palabra de Dios que es la verdad y santidad misma, no se permite. Pero gracias a Dios que ya se lee la Escritura en todas las lenguas, por más que los enemigos de la salud de los hombres , la prohíban. E igualmente, nuestros adversarios dicen “que mucho mejor fuera para la Iglesia si el Evangelio nunca fuera escrito”. Y porque esto parecía a algunos una cosa nueva, que yo me haya inventado, pondré aquí las mismas palabras del Cardenal Hosio, aquel gran pilar de la Iglesia de nuestros adversarios: “melius, (dice), actum fuisset cum Ecclesia si nullum extaret scriptum Evangelium”, ( Hosius in Confesione Petrocoviensi). Quieren que los hombres sean ignorantes, y exaltan la ignorancia llamándola Madre de devoción; mejor dijeran ser la ignorancia madre de superstición y causa de las herejías, como dicen Ireneo y 11 Crisóstomo, que ya hemos alegado. Y S. Jerónimo in Prohemio I lib. Comment Esaie, dice a este propósito lo que sigue: “Si como dice S. Pablo, Cristo es virtud de Dios, y Sabiduría de Dios; y el que ignora a la Escrituras, ignora su virtud y sabiduría (se infiere de aquí), que el que ignora las escrituras, ignora a Cristo”. La misma experiencia nos muestra que cuanto uno es más supersticioso, tanto es más ignorante. Por tanto el deber del Cristiano es no ser ignorante, sino sabio en el conocimiento de Dios, que su Majestad ha revelado en la Sagrada Escritura; y así la escudriñe, rumie, hable de ella, y la medite de noche y de día; pero lo hará con espíritu de humildad, no fiándose de su propio entendimiento, considerando cuan inhábil sea por sí mismo para entenderla; y así invoque al Señor que le dé su Espíritu que le declare la Escritura, que le abra el sentido, (como lo abrió a los Apóstoles –Lucas 24.45-) para que entienda las Escrituras. “El hombre animal, sensual y sin Espíritu de Dios no entiende, ni puede entender las cosas de Dios: antes las menosprecia y se burla de ellas, porque las tiene por locura”. Solo el hombre espiritual, que es regido por el Espíritu de Dios, las entiende y estima, porque las tiene por suma sabiduría. Su Majestad nos haga la gracia de entenderlas, para que entendiéndolas, vivamos conforme a ellas sirviendo a nuestro buen Dios en Espíritu y en verdad; y así no seamos hijos de tinieblas sino de luz. LA RESPONSABILIDAD DEL REY Y EL EJEMPLO DE SUS ANTECESORES Agradase a Dios por su infinita misericordia inspirar en el corazón del Rey que mandase a su costa juntar hombres píos y doctos en las lenguas Hebrea y Griega que viesen y reviesen esta traducción de la Biblia; los cuales con un ánimo pío y sincero, que desea servir a Dios, y hacer bien a su nación, la comparasen y confrontasen con el texto Hebreo, que Dios dictó a sus santos Profetas antes de la venida de Cristo, y con el texto Griego, que él mismo dictó a sus santos Apóstoles y Evangelistas después de la venida de Cristo en carne. Y así el Rey la autorizase con su real autoridad, la cual Su Majestad leyese, y mandase a sus súbditos que la leyesen; en lo cual haría lo que Dios le manda en los lugares ya alegados del Deuteromio y de Josué. E imitaría a los píos y verdaderamente Católicos Reyes, que así lo hicieron. Y principalmente al buen Emperador Teodosio II, descendiente de casta Española, el cual con su propia mano, (porque entonces no se imprimían los libros, sino se escribían), escribió todo el Testamento Nuevo, y tenía por costumbre leer cada día por la mañana en él; a cuya lectura la Emperatriz, su mujer, llamada Eudocia, mujer muy bien ejercitada en la Sagrada Escritura, y las hermanas del Emperador se hallaban presentes. De Alfredo, Rey de Inglaterra, se lee que repartía las 24 horas, que hay en el día y en la noche, en tres partes: las ocho horas pasaba leyendo, orando, y meditando; otras ocho gastaba en la administración de su reino, y las otras ocho cumplía con las necesidades de su cuerpo. Del Emperador Carlomagno, se lee que era muy dado a la lectura de la Sagrada Escritura El Rey de nuestra España, Recensuinto (o Recensunto), que murió en el 672, entre otras virtudes que se cuentan de él, tuvo una sed insaciable de saber los secretos misterios de la Sagrada Escritura; y así jamás estaba, ni comía sin tener consigo grandes teólogos, a los cuales habitualmente preguntaba cosas muy profundas y necesarias para su salvación; de lo cual hace mención el D. Illescas en su Pontifical, en Juan 7. 12 También el mismo autor hablando de Gregorio V, dice que Roberto, Rey de Francia, entre otras virtudes fue maravillosamente docto en las letras Sagradas, y en las humanas. El mismo autor dice que don Alonso I, que llamaron Católico, recogía con diligencia los libros de las Sagradas Escrituras que estaban en poder de los infieles. Los recogía, digo, don –alonso, para que no se perdiesen y para que los fieles se aprovechasen de ellos. Ahora, por el contrario, los recogen para que los fieles que desean servir a Dios conforme a su Santa Palabra, no los lean, y si los leen, queman los libros, y a los fieles que los leen juntamente con ellos, y en lugar de los libros de vida les dejan leer libros fabulosos y deshonestos, con que la juventud se acaba de echar a perder. ¡Gran paciencia de nuestro Dios! Nuestro buen Rey Recaredo, por ser tan bien ejercitado en la lectura de la Sagrada Escritura, él mismo con su sabio razonamiento, convenció muchos presbíteros Arrianos. Y así con más razón, que con autoridad de Rey, los hizo convertir a la verdadera Religión Cristiana. ¡Quiera Dios que nuestro Rey y los demás Reyes y Príncipes Cristianos del día de hoy imitasen a estos santos Emperadores y Reyes verdaderamente Cristianos, leyendo la Sagrada Escritura, meditándola y orando. Su ejemplo de buena vida y doctrina haría mucho bien a sus súbditos, porque cual es el Rey, tales comúnmente son los súbditos; o por lo menos, lo muestran ser. Tenga el Señor misericordia de su Iglesia, y les envíe buenos Pastores y Ministros, que los instruyan en la verdadera doctrina, y no en fábulas; y así vengan al conocimiento de la verdad, y sean salvos. “Esta es la vida eterna, (dice el Señor), que te conozcan, solo Dios verdadero, y al que enviaste, Jesucristo” (Juan 17.3).

¿QUÉ LIBROS COMPONEN LAS SANTAS ESCRITURAS?

Y pues que Dios, (como ya en lo arriba dicho hemos visto), en tanto lugares del Antiguo Testamento, como del nuevo nos manda no solamente que leamos los libros Sagrados, sino aun que los meditemos y rumiemos. Y esto no lo manda a una suerte de gente, sino a todo fiel Cristiano, a toda persona que desea ser salva, sea hombre, sea mujer, joven, viejo, rico o pobre, Rey o vasallo, Eclesiástico o seglar, (como muchos los llaman), razón será, y nuestro deber haremos, so pena de ser rebeldes, que obedezcamos a lo que nuestro Dios, Padre y Señor nos manda, siendo ciertos que no nos mandará, sino lo que es santo y bueno, y conviene para su gloria, y para nuestro bien y provecho. Y pues que lo que nos manda es asunto de tanta importancia, que no nos va en ello menos que la salud de nuestras almas, razón será que sepamos cuantos y cuales sean estos sagrados libros, que debemos leer; los cuales han sido inspirados y dictados por el Espíritu Santo a sus santos Profetas en el Antiguo Testamento, y a sus sagrados Apóstoles y Evangelistas en el Nuevo. Los Doctores antiguos, así Griegos como Latinos y algunos Hebreos, y muchos de los modernos Latinos, a una voz y de manera común dicen ser santos los libros del Antiguo Testamento, cuantas son las letras del Alfabeto Hebraico, es decir 22; y los nombran de esta manera: el primero Génesis, (en Hebreo “bereishit”, que quiere decir “en el principio). 13 2- Éxodo, (en Hebreo “Veéle-shemot”, que significa “y estos son los nombres”). 3- Levítico, (en Hebreo “Va-Icrá”, que quiere decir “Y llamó”). 4- Números (Hebreo “bemidbar” q.d. “en el desierto”). 5- Deuteronomio (Hebreo “Ele- hadebarim” q.d. “estas son las palabras”). 6- Josué (Heb. “Ioshua”). 7- Jueces (Heb. “Softim”), con el cual se cuenta Rut. 8- Samuel, que dividen en dos libros, (Heb. “Shmuel”). 9- Reyes, que dividen en dos libros, (Heb. “Melajim”). 10- De las Crónicas, que dividen en dos libros, (Heb. “Dibrei haiamim” , q.d. “palabras de los días” ). 11- Esdras y Nehemías; ambos se cuentan por uno, (Heb. Ezra). 12- Ester, (Heb. “Meguilat Ester”, q.d. “envoltorio -o libro- de Ester). 13- Job (Heb “Iob”). 14- Salmos, (Heb. “Sefer Tejilim” q.d. “libro de Loores”). 15- Proverbios de Salomón, (Heb. “Mishlei”, “parábolas” -o semejanzas-). 16- Eclesiastés, (Heb. “Cohelet”, “Predicador”). 17- Cantares de Salomón, (Heb. “ Shir hashirim”, “Cantar de Cantares”). 18- Isaías, (Heb. “Ieshaiau”). 19- Jeremías, (Heb. “Irmeiau”), con el que se cuentan sus lamentaciones o endechas. 20- Ezequiel, (Heb. “Iejedzkel”). 21- Daniel. 22- Y por último el libro de los doce Profetas que se llaman Menores, por ser sus libros pequeños, (Heb “Tere Hasar”), que son : • Oseas, (Heb. “Joshea”). • Joel. • Amós. • Abdías, (Heb. “Ovadía”). 14 • Jonás, (Heb. “Iona”). • Miqueas, (Heb. “Mija”). • Nahum. • Habacuc. • Sofonías, (Heb. “Tzefania”). • Hageo, (Heb. “Jagai”). • Zacarías, (Heb. “Dzejaria”). • Malaquías, (Heb. “Malaji”).

LA CONFIRMACIÓN DEL CANON POR PARTE DE LOS PADRES DE LA IGLESIA

Y así Orígenes (Apud Eusebiun, libro 6, capítulo 25), dice que son 22. Lo mismo dice Atanasio (in Synopsi Script), e Hilario Pictaviense, y Nazianzeno en sus versos. Cirilo Jerosolimitano a este propósito dice: “Leed las Divinas Escrituras, aquellos veintidós libros”. Así Damasceno pone 22. Josefo (contra Apíon Gramático) dice: “Nuestros libros no son infinitos, etc; son solamente 22”. Nicéforo pone 22. Rabano Mauro, (in Inst. Cleric. Cap. 25), dice: “Esdras dividió el Viejo Testamento en 22 libros, para que tantos fuesen los libros de la Ley, cuantas son las letras”. Hugo de S. Victore, (lib. 2 cap. 9, Exeptionum). Es verdad que muchos de los Hebreos dicen ser 24, porque hacen a Rut, libro por sí, y a las Lamentaciones hacen también libro por sí; y así todo viene a una cuenta: pues que no nombran ningún otro libro, sino solamente aquellos que hemos nombrado. A estos 22 libros, el Sínodo Laodicense y los doctores de la Iglesia llamaron “Canónicos”, porque son la única regla, (que los Griegos llaman “canon”), de todo cuanto el hombre pío debe creer, y hacer para ser salvo. A estos libros canónicos todo hombre, sea quien fuere, se debe sujetar, y por ellos regir, porque son la Palabra y la Voluntad de Dios, que su Majestad nos ha en ellos revelado. El que a estos libros canónicos no diere entero crédito, y que por cuanto los menospreciare, sepa este tal que menosprecia al mismo Dios que los dictó; y por tanto no se escapará de su horrendo juicio. “Horrenda cosa es caer en las manos del Dios viviente”. ¿Dónde, o cómo se podrá escapar el miserable hombre, que la ira y el furor de Dios no lo halle?

LOS LIBROS QUE NO ESTÁN EN EL CANON (APÓCRIFOS)

Hemos probado bastantemente cuantos y cuales sean los libros canónicos del Antiguo Testamento, a saber veintidós, de donde se sigue manifiestamente que todos cuantos libros se añadieren a estos 22 no son canónicos, no son Sagrada Escritura. Nuestros adversarios admiten los mismos 22 libros, que hemos nombrado por canónicos. Pero no contentándose con estos 22, admiten, no haciendo caso de lo que los Antiguos Hebreos, Griegos y Latinos ni de lo que muchos modernos Latinos determinan, otros libros por canónicos, a los cuales dan la misma autoridad y crédito que a los otros, que verdaderamente son canónicos. Los libros que se han añadido son estos: El 3er y 4to que llaman de Esdras, la oración de Manases, el libro de Tobías, de Judit, de la Sabiduría -comúnmente llamada de Salomón-, el de Jesús hijo de Sirac –comúnmente llamado el Eclesiástico-, y el 1ro y 2do de los Macabeos, y en algunas Biblias se halla el tercero. Además de estos han añadido a Ester siete capítulos, a Jeremías el libro de Baruc, al capítulo 3 de Daniel han añadido el Cántico de los tres jóvenes, y todo lo que sigue después del capítulo 12 de Daniel, a saber, la historia de Susana, la de Bel y la del Dragón. Y aunque para refutar su fantástica y perjudicial opinión bastaría lo que hemos alegado de tantos Doctores de la Iglesia Católica que a una voz y de un común consentimiento dicen los libros Canónicos del Antiguo Testamento, no ser sino 22, que hemos nombrado; pero para mayor confusión de nuestros adversarios, pondré aquí algunos dichos notables y razones contra esta su opinión. Los antiguos Doctores, y aun muchos de los modernos llaman a estos libros, “No Canónicos”, sino “Apócrifos”, que quiere decir “ocultos” (o escondidos). Rufino en la exposición del Símbolo, (el cual tratado se halla entre las obras de S. Cipriano), después de haber nombrado los libros Canónicos del Antiguo Testamento y del Nuevo, que son los mismos que nosotros tenemos por Canónicos, dice estas palabras: “Es necesario con todo esto saber, que hay otros libros que no son Canónicos, a saber: la Sabiduría de Salomón, el libro de Sirac, el de Tobías, el de Judit, y el de los Macabeos. Estos –dice-, quisieron que se leyesen en las Iglesias, pero que no fuesen alegados para por ellos confirmar la autoridad de la fe”. Epifanio en su libro “De Ponderibus & Mensuris”, hablando del libro de la Sabiduría y del de Sirac, dice estas palabras: “Son ciertamente útiles, mas con todo estos no se cuentan entre los libros Canónicos, ni fueron puestos en el Arca de la alianza”. Entre los Padres, el que más copiosa y más claramente trató esta cuestión es S. Jerónimo, y esto no en un lugar sino en muchos. Léase su prólogo, que llamó “Galeato”, que escribió a Paulino, donde habla de esta manera: “Como hay 22 letras en el Alfabeto Hebreo, así hay 22 libros”. Y luego “Para que sepamos que todo cuanto se hallare fuera de estos 22 libros se ha de poner entre los Apócrifos”. “Por tanto la Sabiduría de Salomón, Jesús y Judit y Tobías no están en el Canon”. Y en su prefacio sobre los libros de las Crónicas, dice: “La Iglesia ignora los libros Apócrifos; por tanto a los Hebreos nos debemos acoger, de los cuales el Señor habla, y sus Discípulos tomaron ejemplos. Todo cuanto no está en aquellos libros se debe desechar totalmente”. Esto dice sobre Esdras y Nehemías; y en su prefacio sobre los libros de Salomón dice: “Como pues la Iglesia lee los libros de Judit, de Tobías y de los Macabeos, pero no los cuentan entre las Escrituras canónicas, así ni más ni menos lea estos dos libros”, -a saber el 16 que llaman de la Sabiduría de Salomón, y el de Sirac- “para edificación del pueblo, no para confirmar la autoridad de los dogmas eclesiásticos”. Y así el mismo S. Jerónimo, (Lib I contra Pelagian), reprende a un cierto hereje, por cuanto que él pretendiendo probar cierta cosa respecto al Reino de los Cielos, había alegado testimonios tomados de los libros Apócrifos. El Cardenal Gaetano (que llamaban “el alma de S. Tomás de Aquino”, al cual el Papa por su erudición envió a Alemania contra Lutero), en el fin de sus Comentarios de la historia del Antiguo Testamento dice estas palabras: “Aquí acabamos los comentarios de los libros historiales del antiguo Testamento, porque los demás, (a saber Judit, Tobías, los libros de los Macabeos), S. Jerónimo no los cuenta entre los libros Canónicos, sino entre los Apócrifos, juntamente con el libros de la Sabiduría, y con el Eclesiástico, como se ve en el Prólogo Galeato. No te turbes, novicio, si en algún lugar hallares, o en los santos concilios, o en los sagrados Doctores que estos libros se llamen canónicos. Porque así las palabras de los concilios, como la de los Doctores han de ser limadas con la lima de S. Jerónimo, y conforme a su determinación, escribiendo a Cromacio y a Heliodoro Obispos, estos libros, y los demás de su clase, que andan en el Canon de la Biblia, no son Canónicos, quiere decir, no son “Regulares” para confirmar lo que pertenece a la fe. Pero se pueden llamar “canónicos”, para la edificación de los fieles, como recibidos y autorizados en el Canon de la Biblia para este intento. Con esta distinción podréis discernir los dichos de S. Agustín, y los escritos del Concilio Provincial Cartaginense”. Hasta aquí Gaetano. Hugo de S. Victore, (in Prólogo lib I de Sacram. Cap. 7), dice estas palabras: “Leense estos libros, pero no se escriben en el cuerpo del texto, ni en el canon de autoridad; coo es el libro de Tobías, de Judit, de los Macabeos, la Sabiduría de Salomón y el Eclesiástico”. Ricardo de S. Victore, (lib. 2 cap. 9 Exceptionum), después de haber dicho los libros Canónicos del antiguo Testamento ser 22, añade lo siguiente: “Además de estos, hay otros libros, como la Sabiduría de Salomón, el libro de Jesús hijo de Sirac, el libro de Judit, el de Tobías y los Macabeos, los cuales ciertamente se leen, pero no se escriben en el Canon”. Y un poco más bajo: “Hay, -dice- en el Antiguo Testamento ciertos libros que no están escritos en el Canon; y con todo esto se leen, como son la Sabiduría de Salomón, etc”. Lo mismo dice Nicolao de Lyra, en el prólogo sobre los libros Apócrifos. Dionisio Cartusiano, (in principio coment. In Genesin). El Tostado (in Mat. Cap. 1). Antonio, (3ra parte, tít. I 8 c 8). Hugo, Cardenal, en el prólogo sobre josué, llama a Tobías, Judit, Macabeos, Sabiduría de Salomón, y al Eclesiástico, Apócrifos; y dice “que la Iglesia los admite no para confirmación de la fe, sino para institución de la vida”. La glosa del Decreto de Graciano, ditt. 16, “afirma la Biblia tener algunos libros Apócrifos”. Lo mismo en muchos lugares testifica Erasmo. Pero dejados los doctores ya suficientes y muchos, que hemos alegado, vengamos ahora y mostremos bastantes razones que prueben estos libros no ser canónicos, sino Apócrifos.

RAZONES POR LAS QUE UN LIBRO SE HA DE DECLARAR O NO CANÓNICO

Tres cosas infaliblemente son necesarias para que un libro sea Canónico; (hablo de los libros del Antiguo Testamento): La 1ra, que ninguna cosa contenga contra la analogía de la fe; quiero decir contra lo que el Espíritu Santo ha revelado en los otros libros Canónicos. La 2da que algún Profeta divinamente inspirado lo haya escrito. Así dice S. Pedro, (2 Pedro 1.19 y 21): “tenemos la firmísima palabra de los Profetas”. Y Romanos 1.2, hablando S. Pablo de Cristo, dice: “El cual había antes prometido por sus Profetas en las Santas Escrituras”. Y Romanos 16.26: “Por las Escrituras de los Profetas”. Lucas 1.70: “Como habló por boca de sus Santos Profetas”; y 16.29: “A Moisés y a los Profetas tienen: ¡Óiganlos!”. Y Lucas 24.27: “Comenzando de Moisés y de todos los Profetas”. Lo tercero que es necesario, es que el tal libro sea escrito en la lengua materna y vulgar en que hablaban y escribían los Profetas, que era la Hebrea. Y así dice S. Jerónimo: “A los libros Hebreos debemos recurrir, en cuya lengua el Señor habló, etc”. Presupuesto esto ser verdad, como lo es, formaré estos argumentos: 1ro, Todos los libros Canónicos del Antiguo Testamento fueron escritos por los Profetas; ningún libro de los que llamamos Apócrifos, fue escrito por algún Profeta. Luego, ningún libro de los que llamamos Apócrifos, es Canónico. 2do, Todos los libros Canónicos del Antiguo Testamento fueron originalmente escritos en la lengua vulgar de los Profetas, que era la lengua Hebrea; ningún libro de los Apócrifos fue escrito originalmente en lengua Hebrea. Luego, ningún libro de los Apócrifos es canónico. 3ro, El Señor y sus Apóstoles confirman la doctrina, alegando los libros canónicos, pero nunca alegan los Apócrifos. Se infiere de aquí que los Apócrifos no son canónicos. 4to, La antigua Iglesia Hebrea recibió y aprobó todos los libros canónicos del Antiguo Testamento; a estos que llamamos Apócrifos nunca los recibió. Luego, no son Canónicos. Así dice S. Pablo, (Ro.13.2), “Los Oráculos de Dios fueron confiados a los Hebreos”, o Judíos. Concluyamos de lo dicho, que pues los Profetas no escribieron estos libros, y pues que no están alegados en el Nuevo Testamento, y pues que la Iglesia Israelita nunca los admitió, que no son canónicos. 5ta razón: Además de esto, en cada uno de estos libros hay algo que es contra la Analogía de la fe pronunciada en los libros canónicos. Luego, no son canónicos. El Espíritu Santo es constante, y no dice una cosa en un libro y lo contrario en otro. Hombres doctos y píos han probado en cada uno de los libros Apócrifos hallarse algo que contradiga a lo que dicen los libros canónicos. Bastará pues por ahora notar algunas cosas de dos o tres libros, por las cuales podréis conocer qué tales sean los demás. Cuanto al 3er y 4to que llaman de Esdras, muchos de nuestros adversarios no los tienen por canónicos, sino por Apócrifos. Y así el Concilio Tridentino no los nombra en al catálogo de los libros canónicos. Arias Montano no los pone en su Biblia, ni aun entre los Apócrifos. S. Jerónimo en su prefacio sobre Esdras y Nehemías, dice estas palabras: “ninguno se deleite con los sueños del 3er y 4to de Esdras”. Cuanto a los libros de los Macabeos, S. Jerónimo, (en Catal Ilust. Virorum, y lib 2 contra Pelagian), dice Josefo ser el autor de estos libros. Josefo vivió después de la muerte del Señor 18 y no fue Profeta; por tanto no pudo componer libros que perteneciesen al Canon de los Hebreos. Asimismo, Gregorio Magno dice no ser canónicos, (lib. 19, cap.16 Moralium). Además de esto, el segundo libro contradice algunas cosas que están en el primero. Y es de notar que al primero se da más crédito que al segundo; En 1ro Mac. 6.8 y 16 se dice que Antioco murió en Babilonia del dolor y tristeza que concibió, habiendo oído las malas nuevas de la pérdida de su ejército en Judea. Pero 2do Mac. 1.16 dice que los sacerdotes lo mataron a pedradas en el templo de Nanea y que después lo hicieron pedazos. Igualmente, en 2do Mac. 9.28 se dice que murió de miserable muerte, peregrino entre los montes, yendo contra Judea. ¿Cómo es posible que un mismo hombre muriese en tan diversos lugares y con tan diversos géneros de muerte? Asimismo en 1ro Mac 9.3 y 18, se dice Judas haber sido muerto en la batalla, que se dio en el año 152, (a saber del reino de los Seleúcidas), pero en 2do Mac. 1.10, se dice que en el año 188, Judas escribió letras a Aristóbulo. ¿Cómo pudo escribirlas 36 años después de muerto? Asimismo, en 2do Mac. 2.24, dice el autor que él ha abreviado y hecho un resumen de los cinco libros de Jasón Cireneo. ¿Cuándo el Espíritu Santo suele hacer recapitulación de la historia de un autor profano? Quien haya sido este Jasón no se sabe. Esto es cierto: que no fue Profeta. Igualmente, en 1ro Mac. 4.36, se dice que Judas Macabeo limpió el templo, habiendo vencido a Lisias antes de la muerte de Antioco. Pero en 2do Mac. al principio del cap. 10, se dice que esta limpieza se hizo después de la muerte de antioco. Y los mismos adversarios conceden que en ambos lugares se habla de una misma limpieza. Pero vengamos a lo vivo; en el 2do libro se hallan cosas que manifiestamente repugnan a la doctrina Católica enseñada en los libros Canónicos. En cap.12.43, Judas Macabeo es alabado por haber ofrecido sacrificio por los que murieron en la batalla. Debajo de las ropas de estos muertos, (como se dice en el v.40), se hallaron algunas cosas de las ofrecidas a los ídolos de Jamnia, las cuales la Ley veda, (Dt.7.25) a los Judíos; de donde fue manifiesto que por aquella causa habían sido muertos en la batalla; y nuestros adversarios afirman que por semejantes idólatras y sacrílegos no se han de ofrecer sacrificio, pues que murieron en pecado mortal. Si Judas Macabeo ofreció este sacrificio, no hizo bien, porque todo “cuanto se hace sin fe es pecado, y todo lo que no procede de fe es imposible que agrade a Dios”. Nunca Dios, ni en el Antiguo ni en el Nuevo Testamento mandó que se ofreciesen sacrificio por los muertos. Las almas de los que mueren en el Señor van a vida eterna, y las de los que no mueren en el Señor, como las de estos de quien hablamos, no murieron, van a muerte perpetua. Un tercer lugar donde las ánimas estén depositadas, hasta que sean limpiadas, la Escritura Sagrada lo ignora. Asimismo en el cap 14.42 del mismo libro, Razis que se mató a sí mismo por no caer en manos de sus enemigos, es alabado por ello, debiendo de ser condenado, pues quebrantó el mandamiento de Dios, que dice: “No matarás”. Y así estará con Saúl, que por la misma causa se mató a sí mismo; (leed 1Sam.31.4), y como Judas, que desesperado se ahorcó. Asimismo, al final del último capítulo de este 2do libro de los Macabeos, el autor o abreviador dice estas palabras: “Y si hubiere bien dicho y como a la historia conviene, esto es lo que yo deseo; mas si poco y flacamente: esto es lo que pude”: O como dice la vulgata, edición a la cual nuestros adversarios le dan suma autoridad: “Concedendum est mihi: superpoteseme”. Otro semejante perdón se demanda en el prefacio del Eclesiástico. ¿Cuándo el Espíritu Santo, que es la misma sabiduría y verdad, usó de semejante manera de hablar, demandando perdón a los hombres si no ha hablado tan bien como debiera? Acaben pues nuestros adversarios de entender la gran diferencia que hay entre los libros canónicos y los Apócrifos; y conténtense con que los hayamos puesto aparte, y no entre los canónicos, cuya autoridad es sacrosanta e inviolable. Cuanto a los libros del Nuevo Testamento, ninguna diferencia hay entre nosotros y nuestros adversarios; los mismos que ellos admiten por canónicos, admitimos nosotros. Con todo esto en una cosa no convenimos con ellos: ellos dicen que la Iglesia puede a cualquier libro Apócrifo hacerlo canónico, lo cual nosotros negamos. Porque la Iglesia no es sino aprobadora, conservadora, depositaria y cajera de los libros que el Espíritu Santo ha inspirado a sus santos Profetas en el Antiguo Testamento, y a sus sagrados Apóstoles en el Nuevo; no es inventora, y por esto S. Pablo, (Ro.3.2), hablando de la prerrogativa del pueblo Judío dice: “A ellos fueron confiados los oráculos de Dios”. Los mismos Oráculos de Dios son confiados a la Iglesia Cristiana. Graciano, (dist.19), y Alonso de Guerra, o Guerrero,(in tesauro Cristiana Religionis c.3 núm. 5), y otros cuentan las epístolas decretales de los sumos Pontífices entre las Escrituras canónicas, y les dan la misma autoridad. Si esto es verdad, ¿Por qué no las imprimen juntamente con el Nuevo Testamento? La falsa opinión que tienen que ni los sumos Pontífices, ni la Iglesia, ni el concilio que la representa no pueden errar, (y aun algunos añaden que ni los inquisidores), los hace caer en semejantes desvaríos.

NECESIDAD DE ESTA REVISIÓN Y CARACTERÍSTICAS DE LA MISMA

Resta ahora dar cuenta qué nos haya movido a hacer esta segunda edición. Casiodoro de Reina, movido de un pío celo de adelantar la gloria de Dios, y de hacer un señalado servicio a su nación, viéndose en tierra de libertad para hablar y tratar de las cosas de Dios, comenzó a entregarse a la traducción de la Biblia, la cual tradujo. Y así en 1569 imprimió dos mil seiscientos ejemplares, los cuales por la misericordia de Dios se han repartido por muchas regiones. De tal manera que hoy casi no se hallan ejemplares, si alguno los quiere comprar. Para que, pues, nuestra nación Española no careciese de un tan gran tesoro, como es la Biblia en su lengua, hemos tomado la pena de leerla y releerla una y muchas veces, y la hemos enriquecido con muchas notas, y aun algunas veces hemos alterado el texto; lo cual hemos hecho con maduro consejo y deliberación, y no fiándonos de nosotros mismos, (porque nuestra conciencia nos testifica cuán pequeño sea nuestro caudal); lo hemos consultado con hombres doctos y píos, y con diversas traducciones, que por la misericordia de Dios hay en diversas lenguas el día de hoy. Cuanto a lo demás, la versión, conforme a mi juicio, y al juicio de todos los que la entienden, es excelente; y así la hemos seguido, cuanto hemos podido, palabra por palabra. La expresión “por ventura”, por saber a gentilidad la hemos quitado. También hemos quitado el término “capullo” y en su lugar puesto “prepucio”, que es vocablo admitido hace mucho tiempo ya, en la Iglesia Cristiana. También hemos quitado todo lo añadido de los 70 Intérpretes, (Versión de los LXX o Septuaginta), o de la Vulgata, que no se halla en el texto Hebreo; lo cual principalmente aconteció en los Proverbios de Salomón. Esto digo, para que si alguno comparare esta versión con la que llaman Vulgata, y no hallare en esta todo lo que hay en aquella, no se sorprenda. Porque nuestro intento no es traducir lo que los hombres han añadido a la Palabra de Dios, sino lo que Dios has revelado en sus Santas Escrituras. Hemos también quitado las acotaciones de los libros Apócrifos en los libros canónicos; porque no está bien hecho confirmar lo cierto con lo incierto, la Palabra de Dios con la de los hombres. En los libros canónicos hemos añadido algunas notas para aclaración del texto, las cuales se hallarán en otro tipo de letra que las notas del primer Traductor. Cuando hallareis en el texto esta señal: * , significa que en el margen hay alguna acotación con la misma *. 20 Las letras del Alfabeto que hallareis añadidas en el texto, significan que en el margen hay alguna nota, que le corresponde a la misma letra. Donde hallareis estas dos letras: “q.d.”, leeréis “quiere decir”. “Ab.” significa “abajo”, “Ar.” significa “arriba”, conviene a saber, en el mismo capítulo o libro. “S”, significa “ es a saber”. Los nombre propios los hemos retenido como comúnmente se pronuncian; y así decimos María, que en hebreo se dice Miriam, disílabo; Moisés, en hebreo Moshé; Isaías, en heb., Ieshaiau. Jeremías, en heb. Irmeiau; Sofonías, en heb., Tzefania; Malaquías, en heb. Malawi. Bien quisiéramos que los nombres fueran los propios hebreos, pero no los hemos usado, porque queremos hablar de manera que doctos e indoctos nos entiendan.

SOBRE LA INCLUSIÓN DEL NOMBRE DE DIOS EN LAS SAGRADAS ESCRITURAS

Cuanto al sacrosanto nombre Jehová, que es el propio nombre de la esencia divina, e incomunicable a las criaturas, lo hemos retenido por las doctas y pías razones que el primer traductor da en su Amonestación, que hallaréis después de esta Exhortación. Solamente añadiré aquí dos razones, que me parecen muy perentorias para refutar la supersticiosa obstinación de los Judíos, cuanto al pronunciar este nombre Jehová. Y antes que las añada notaré aquí que Jehová es nombre Hebreo derivado del verbo sustantivo Ser, y así Jehová quiere decir El que tiene Ser de sí mismo: “El que fue, es y será eternamente”, y es el que da ser a las criaturas. Este es el nombre propio de la Esencia Divina, e incomunicable a las criaturas. Jah, tan frecuentemente hallado en los Salmos y en algunos otros lugares de la Escritura, es su abreviatura. Y así es nombre propio de la Esencia divina, que significa y es lo mismo que Jehová. Y así en el Sal.68.4, “En Jah su nombre”. Se deriva del mismo verbo sustantivo que Jehová. David Kimhi, Judío de confesión y Español de nacionalidad dice que Dios se llama Jah porque es creador del mundo y porque es causa de su propio ser. La primera razón que aquí añado es esta: Los Gentiles idólatras que tuvieron algún comercio y trato con el pueblo Hebreo pronunciaron el nombre de Jehová. Pregunto yo ahora: ¿De quién aprendieron a pronunciarlo cuando hablaban con los Hebreos, sino de los mismos Hebreos, que hablando con los Gentiles, lo pronunciaban? En Gén.24.31, Labán dice al sirviente de Abraham: “Ven, bendito de Jehová”, y en el versículo 50, Labán y Batuel dicen al mismo sirviente: “De Jehová ha salido esto, no podemos hablarte malo ni bueno”. En Ex.5.2, el Faraón respondió a Moisés y Aarón, (que le habían dicho: “Jehová el Dios de Israel dice así, etc.”), “¿Quién es Jehová para que yo oiga su voz?” Y luego: “No conozco a Jehová, etc.”. En Ex.10.7, los Egipcios dicen al Faraón: “Deja ir a estos hombres para que sirvan a Jehová su Dios”. Y así Faraón (versículo siguiente), movido por lo que le habían dicho sus Egipcios, dijo a Moisés y Aarón: “Andad, servid a Jehová vuestro Dios”; y en el versículo 10, el mismo Faraón les dice: “Así sea Jehová con vosotros, como yo os dejaré ir”; y en el Versículo 11: “Servid a Jehová, etc”. En Exodo 18.10, Jetro, Sacerdote de Madián, dijo a Moisés su yerno: “Bendito Jehová que os libró, etc.” En Núm.23.27, Balac Rey de Moab dijo a Balaam: “¿Qué ha dicho Jehová?” Y en el 21 Cap.24.11, le dice: “Jehová te ha privado de honra; y en el versículo 13, Balaam dice: “No podré traspasar el dicho de Jehová”; y luego: “Lo que Jehová hablare, etc.” En Josué 2.19, Rajab dice a los espías de Josué: “Hemos oído que Jehová hizo, etc”, y en el versículo 12 les ruega que le juren por Jehová; y en el cap.9.9, los Gabaonitas dicen a Josué: “Por la fama de Jehová tu Dios”. En Rut 1.17, Rut dice a su suegra Noemí: “Así me haga Jehová, etc.”. En 1ro Samuel 29.6, Aquis, Rey de los Filisteos, dijo a David: “¡Vive Jehová que tu has sido recto!, etc.”. En 1ro Reyes 5.7, Hiram, Rey de Tiro, dice a Salomón: “Bendito Jehová, etc.”; Y en el cap. 10.9, la Reina de Sabá dice a Salomón: “Jehová tu Dios sea bendito”; y en el mismo versículo: “Jehová ha amado siempre a Israel”. En 2do Reyes, Naamán el Siro, hablando, hablando de Eliseo dice: “Pensaba en mí: él saldrá luego y estando en pie invocará el nombre de Jehová su Dios”. En 2do Reyes 18.25, Rabsaces hablando con los Judíos les dice: “¿He venido yo sin Jehová?, etc.””Jehová me ha dicho: Sube a esta tierra, etc”; Y en el versículo 30: “No os haga Ezequías confiar en Jehová, diciendo: librando nos librará Jehová”. Y de igual manera en el versículo 32. La misma historia se cuenta en Isaías 36. ¿De dónde Labán, Batuel, el Faraón, los Egipcios, Jetro, Balac, Balaam, Rajab, los Gabaonitas, Rut, Aquis, Hiram, la Reina de Sabá, Naamán, Rabsaces, y otros infieles e idólatras que se hallarán en la escritura, supieron el nombre del Dios de los Hebreos ser Jehová, y lo pronunciaron hablando con los Hebreos, sino de haberlo oído pronunciar a los mismos Hebreos, con quienes familiarmente trataban? Y lo que es mucho de resaltar, que ni Moisés, tan celoso de la gloria de Dios, ni su hermano Aarón, Sumo Sacerdote, ni Josué, criado a los pies de Moisés, ni David, tan santo, ni salomón, tan sabio nunca los reprendieron por haberlo pronunciado, lo que sin duda ninguna hicieran si no fuera lícito pronunciarlo. De dónde los antiguos Latinos idólatras llamaron a su gran Dios “IOVIS”, (Jeovis es el nombre antiguo; después dijeron Júpiter), como cuando dijo Virgilio, (Égloga 3): A IOVE principium Musa, Iovis omnia plena Sino del nombre Hebreo Jehová, que habían oído ser el nombre del Dios de los Hebreos? Nuestro Sevillano Benito Arias, doctísimo en lenguas, hablando de los nombres de Dios hace particular mención del nombre esencial Jehová, y así dice estas palabras: “Y si es lícito mostrara por razón de otros semejantes nombres la cierta pronunciación , IEHVEH se habría de 22 decir. Y así pienso que los Padres lo pronunciaron, así Israelitas como otros hombres de otras naciones, que tuvieron noticia de este nombre”. El mismo Benito Arias después de haber dicho lo precedente, promete que tratará en otro lugar acerca de la verdadera pronunciación del nombre Jehová. Si lo ha hecho, no lo sé. La segunda razón es la siguiente: En Dt.6.13, y 10.20 se dice: “A Jehová tu Dios temerás, y a él servirás, y por su nombre jurarás”. La forma del juramento y sus condiciones están en Jer.4.2: “Y jurarás, (dice), vive Jehová, con verdad, con juicio y con justicia”. Por tanto los que toman el nombre de Jehová con las condiciones que dice Jeremías, tanto falta que pequen, que antes hagan servicio y cosa grata a Dios; como dice el Salmo 63.12: “será alabado cualquiera que jura por él”. Como por el contrario, es vituperado el que otro que Jehová. Y así en Ex.23.13 se dice: “nombre de otros dioses no mencionaréis, ni se oirá en vuestra boca”. Cuando Dios, en Ex.20.7 dice: “no tomarás el nombre de Jehová tu Dios”, añade: “en vano”. Así que cuando no en vano, sino con verdad, juicio, y justicia se toma el nombre Jehová, no es pecado sino parte del culto que Dios nos demanda. Se engañan pues los Judíos cuando no solamente no juran por el sacrosanto nombre Jehová, sino que ni aun lo pronuncian. Pero los santos Patriarcas y Profetas tomando gran consuelo con este nombre, lo escribieron, pronunciaron y juraron por él. Léanse sus escritos, cuántas veces dijeron: “vive Jehová”. El Salmo 69 tiene trece versículos, y en ellos el nombre Jehová se nombra once veces. El Salmo 29 tiene doce versículos, en los cuales David nombra a Jehová dieciocho veces. De una cosa me sorprendo: que los Judíos hagan tanto escrúpulo de escribir y pronunciar Jehová, (escribiendo y pronunciando en su lugar Adonai), y sin ningún escrúpulo escriban y pronuncien Jah, que es tan propio nombre de la Esencia divina, y tan incomunicable a las criaturas como Jehová; ninguna diferencia hay entre estos dos sacrosantos nombres sino esta: que Jehová, se escribe con cuatro consonantes, y Jah, como abreviatura de Jehová, se escribe con dos. Habiendo probado que es lícito pronunciarlo, y que los antiguos, así Hebreos como Paganos lo pronunciaron, resta ahora avisar al que lo pronuncia que cuando concibe este glorioso nombre en su mente, cuando lo escribe, o pronuncia, lo haga con la reverencia que se debe a un tan sacrosanto nombre; acuérdese de las condiciones, que anteriormente hemos notado, que Jeremías 4.2 pone. El nombre de Jehová, (como se dice en el Salmo 119.9), “es santo y terrible”. Si es santo, ¿Por qué, miserable pecador, lo profanas tomándolo sin reverencia ninguna cada dos por tres en tu boca? Si es terrible, ¿Por qué tú, miserable gusano, polvo y ceniza, no tiemblas cuando lo tomas en tu boca sucia? Acuérdate que Dios no tendrá por inocente al que tomare su nombre en van, (Ex.20). Acuérdate del horrendo Castigo con que Dios castigó al blasfemo. En Lev.24.14, mandó Dios que fuese apedreado. Y así lo fue. Perdonadme, Cristiano Lector si he sido largo en esto: la superstición de los Judíos, y los escrúpulos de algunos Cristianos me han hecho ser prolijo.

RECONOCIMIENTO A DIOS POR PARTE DEL REVISOR

El trabajo que yo he tomado para sacar a luz esta obra, ha sido muy grande, y de muy largo tiempo; y tanto ha sido mayor, cuanto yo he tenido menos ayuda de alguno de mi nación que me ayudase, siquiera a leer, a escribir o corregir. Todo lo he hecho yo solo. Ha agradado a mi buen Dios de tomarme por instrumento, (aunque indigno e insuficiente), para acometer una tan grande empresa, y darme fuerzas y ánimo para no desmayar en mitad del camino, y dar con la carga en tierra. Además de esto, Satanás, recelándose del daño y ruina que esta Biblia Española causará en su reino, ha procurado por las vías posibles, (conforme a su maldito odio y rencor que tiene contra Dios y su gloria), impedirla con nuevos ardides y estratagemas. Pero con todo esto no ha podido salirse con la suya; porque nuestro buen Dios, (cuya causa en esta obra se trata), le ha tenido las riendas, y lo ha frenado de tal manera con el freno de su potencia, que no ha hecho sino lo que su Majestad le ha concedido que hiciese. Y aun esto ha sido para ejercitar mi paciencia, y argumentar mi fe en El, que por su misericordia me ha dado. Yo, siendo de 50 años comencé esta obra; y en este año de 1602, en que ha agradado a mi Dios sacarla a luz, soy de 70 años, (edad es esta en que las fuerzas desfallecen, la memoria se entorpece y los ojos se oscurecen). De manera que he empleado 20 años en ella. Todo el cual trabajo doy por muy bien empleado. Mi intento ha sido servir a mi Dios, y hacer bien a mi nación. ¿Y qué mayor bien les puedo hacer que presentarle el medio, que Dios ha dispuesto para ganarle almas, el cual es la lectura de la Sagrada Escritura? Aquí se dan buenas nuevas a los pobres; aquí se da la medicina para sanar los quebrantados de corazón, aquí se pregona a los cautivos libertad y a los ciegos vista. Aquí se publica el año agradable del Señor: aquí los tristes son consolados, y lo demás que dijo Isaías cap. 61. Y el Señor lo alega en Lc.4.18. Agrade a su Majestad quiera por su Cristo aceptar este, mi MINJAH, este, mi sacrificio vespertino, que yo le ofrezco en mi vejez. Le suplico bendiga esta su obra, para que su sacrosanto nombre, el cual es anunciado en ella, sea santificado en España, como lo es en otras naciones. Esta Biblia fue impresa con la ayuda y asistencia de pía gente. He dicho esto para que su memoria sea eterna, y para que otros, a su ejemplo, se ocupen en semejantes obras de piedad. Hacer esto es juntar, (como el Señor en Mt.6.20 nos manda), “tesoros en el cielo, donde la polilla, ni herrumbe los come; y donde los ladrones no minan ni hurtan”. Si librar al cuerpo mortal de algún peligro inminente es cosa que mucho agrada a Dios, y por tal razón nos la manda, ¿Cuánto más grato le será librar al alma inmortal de ignorancia, superstición e idolatría, y darle el verdadero conocimiento de la voluntad de Dios, lo cual se hace con la lectura y meditación de la Sagrada Escritura, la cual os presentamos en este libro? Escuchad, pues, diligentemente, ¡Oh, Españoles carísimos!, con un ánimo humilde, abatido y desconfiado de sí mismo, al Dios todopoderoso que os creó, redimió y santificó, y os promete, (si vosotros oyereis su voz e hiciereis lo que os manda y cómo lo manda), glorificarnos en su Reino consigo, el cual os habla y enseña en esta, su Santa Palabra, su voluntad. Su Majestad por su 24 Cristo, no mirando a nuestra ausencia de méritos, (porque ¿Qué hombre hay que no peque? Todos somos concebidos, nacidos y crecidos en pecado, y envejecidos en él), os haga la gracia por su Cristo, que así lo hagáis. Así sea, así sea.

EXHORTACIÓN FINAL

Por tanto hermanos míos muy amados, os exhortamos en el nombre del Señor, cuyos embajadores somos, que no recibáis en vano la gracia que su Majestad os hace de manifestaros su voluntad hablándoos hoy en vuestra lengua Española. Os suplico en Su nombre, que no endurezcáis hoy vuestros corazones, no queriendo oír la voz del Señor que hoy os habla. He aquí hoy es el tiempo acepto, he aquí ahora el día de salud; Dios os habla: ¡Escuchadlo y haced lo que os manda, como El lo manda! Porque ¿Cómo escaparéis vosotros, si tuviereis en poco una salud tan grande, como la que os presenta Dios el día de hoy? Advertid que si Dios es Padre misericordioso, lo es para con aquellos que se humillan y se dejan gobernar por Su Palabra. Pero para los rebeldes y contumaces es severísimo juez. “Horrenda cosa es caer en sus manos”. Acordaos como haya tratado a su pueblo Hebreo, por no haberle oído ni obedecido. “Por tanto yo juré, (dice el Señor), en mi furor, No entrarán en mi reposo”. Lo mismo hará con vosotros, sino lo oyereis hoy cuando os habla. En Oseas 4.6, dice Dios: “Mi pueblo fue talado, porque le faltó sabiduría”. Amós 8.11: “He aquí que vienen días, dijo el Señor Jehová, en los cuales enviaré hambre a la tierra: no hambre de pan, ni sed de agua, sino de oír la palabra de Dios”; y luego nombra el castigo con que los castigará: Prov.29.18 dice que “el pueblo sin Profecía, (quiere decir, sin enseñanza de la voluntad de Dios), será disipado. Para no caer pues en semejantes peligros y castigos, oíd a Dios, que por boca de sus santos Profetas y Apóstoles os habla hoy en este libro, que llamamos LA BIBLIA. Otra vez vuelvo a suplicar a nuestro buen Dios y Padre misericordioso, os haga la gracia que lo oigáis para que sepáis su voluntad, y sabiéndola, viváis conforme a ella; y así seáis salvos por la sangre de aquel Cordero sin mancha, que se sacrificó a sí mismo en el altar de la Cruz, para alcanzaros perdón de vuestros pecados delante del Padre. Así sea.

Vuestro hermano en el Señor C. de V.

 

NOTAS:

Prólogos originales en PDF: Casiodo de Reina – Cipriano de Valera.
 Adaptación del texto de los prólogos por Boris A. Stankievich
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